Universal vs Suno: la disputa sobre “walled gardens” y el futuro de la música generada por IA

Universal vs Suno: la disputa sobre “walled gardens” y el futuro de la música generada por IA

Por: Ulises Sanher

En los pasillos de conferencias tecnológicas y de la música, en publicaciones de ejecutivos y en debates discretos entre abogados de derechos de autor, ha surgido una frase que revela una de las tensiones más profundas de la industria en este momento: el concepto de walled garden. No es una metáfora menor o un giro de marketing; expresa una diferencia filosófica, tecnológica y económica que podría influir en cómo se crea, se consume y se regula la música en la era de la inteligencia artificial.

Paul Sinclair, que durante casi dos décadas trabajó en sellos discográficos tradicionales antes de aceptar el cargo de Chief Music Officer en Suno, una empresa de inteligencia artificial musical, enfatizó lo que él considera esencial para el futuro de la música: accesibilidad creativa y un modelo abierto de interacción entre usuarios y herramientas de IA. En su declaración, abogó por lo que él llama open studios — entornos en los que quienes utilizan IA para componer, mezclar o experimentar con música puedan descargar y reutilizar libremente el material generado.

La respuesta no tardó en llegar, aunque no como un ataque directo con menciones por nombre y apellido. Desde otra vereda del espectro industrial, ejecutivos de Universal Music Group (UMG), que posee uno de los catálogos más vastos y valiosos de música grabada en el planeta, han defendido un enfoque distinto para relacionar a los creadores con sistemas automatizados: el concepto de walled garden. En este modelo, la música generada —incluso aquella influenciada por obras preexistentes— permanece dentro de un entorno cerrado, diseñado para “interactuar profundamente” con el contenido sin que ese material pueda ser descargado y distribuido afuera de esa plataforma específica.

Detrás de estas denominaciones hay más que un debate semántico. Están los intereses concretos de gigantes corporativos, sellos independientes, productores, derechos de autor, y un océano de creativos que buscan una definición de cómo coexistirán sus trabajos originales con algoritmos avanzados. La discusión entre Sinclair y Universal, representado públicamente por Michael NashChief Digital Officer de UMG—, se ha centrado en dos visiones para el uso de IA aplicada música, pero también, de fondo, en qué se considera justo para los artistas y qué se entiende por progreso tecnológico responsable.

Entre libertad y control

Cuando UMG firmó en octubre de 2025 un acuerdo de licencia con Udio —una plataforma que emplea IA para generar música—, introdujo el término “walled garden” de la mano de un esquema de derechos que permitía interacción con contenido protegido dentro de la plataforma, pero no su descarga ni distribución fuera de ella. Udio incluso limitó la capacidad de descargar cualquier track generado por IA, ofreciendo a los usuarios un breve “período de gracia” para recuperarlos antes de aplicar restricciones más estrictas.

Warner Music Group adoptó una postura similar poco después. Sin embargo, cuando esta última compañía selló un acuerdo independiente con Suno, ese modelo no se aplicó de la misma manera. En la versión negociada con Warner, Suno mantuvo funciones fundamentales, incluida la opción para que los usuarios pudieran descargar las piezas creadas con ayuda de IA. Ese detalle, aparentemente menor en términos técnicos, es un punto de inflexión para el argumento de Suno y para creadores que ven en la IA un espacio para explorar sin barreras rígidas.

UMG ha defendido el enfoque de “walled garden” como una medida para proteger a los artistas de prácticas que —según sus ejecutivos— “usarían el contenido y la marca de los artistas para crear derivados que compitan con ellos en plataformas de streaming o redes sociales”. En palabras de Nash, este diseño no solo protege ingresos o derechos legales, sino que asegura que las creaciones originales no se diluyan o pierdan sentido cuando se reproducen como derivadas sin el contexto adecuado.

Del otro lado, Sinclair ha argumentado que cerrar el acceso creativo a la música a través de sistemas cerrados sería retroceder décadas, hacia un tiempo en que la música era inaccesible más allá de las licencias de discografía tradicionales. “Si hubiéramos intentado bloquear la música en sistemas cerrados en los últimos 25 años, no tendríamos streaming tal como lo conocemos”, escribió, señalando que la apertura ha permitido que miles de millones de personas interactúen legalmente con música a través de contenido generado por usuarios y han surgido géneros globales, productores de dormitorio que alcanzan posiciones destacadas en las listas, y una comunidad creativa más amplia.

Un choque con raíces profundas

Lo que impulsa esta confrontación no es solo un Reglamento o un interés de mercado. Está la historia de cómo la industria musical ha protegido (y a veces restringido) la propiedad intelectual, cómo los sellos han operado como guardines de repertorios valiosos, y cómo tecnologías disruptivas —desde la llegada del CD hasta el streaming— han impulsado reacomodos periódicos en las reglas del juego.

Ese contexto hacen que la postura de UMG no exista en el vacío. Poseer uno de los catálogos más grandes del mundo —y gestionar los derechos de millones de grabaciones históricas y contemporáneas— confiere una posición desde la cual es comprensible que la empresa busque salvaguardar el valor de ese legado dentro de un sistema que pueda medir, controlar y compensar adecuadamente a sus artistas.

Sin embargo, la visión más abierta de Suno refleja también otro vértice del mismo conflicto: el deseo de bajar las barreras entre quien crea, quien consume y quien transforma la música, pero sin saltear los mecanismos legales de compensación. No es una defensa ingenua del “todo gratis, sino una apuesta por herramientas que expandan el espectro creativo sin cortarlo en torno a muros infranqueables.

Consecuencias y ecos en la industria

La disputa entre Universal y Suno no se limita a declaraciones públicas o tuits de ejecutivos. Tiene ramificaciones legales, tecnológicas y culturales que se traducen en decisiones concretas: qué tipo de acuerdos se celebran, qué modelos de negocio emergen para IA musical y cómo se regula la coexistencia entre obras originales y derivados generados por algoritmos.

Mientras la industria aguarda el lanzamiento de plataformas como la versión licenciada de Udio y la actualización de propuestas como la de Suno, también se observa una variedad de posturas entre otros actores. Sony Music, por ejemplo, sigue litigando con Suno, lo que sugiere que la posición de UMG no está aislada, aunque tampoco es universalmente aceptada.

Al mismo tiempo, algunos analistas han señalado que permitir entornos cerrados podría empujar a los mercados creativos hacia modelos externos o internacionales que operen con menos restricciones, lo que plantea otro dilema: proteger el patrimonio artístico o abrir espacios para competencia tecnológica global sin las mismas barreras legales.

Más allá de nombres y tesis

Lo que se juega en este intercambio no es únicamente un punto de vista técnico o una estrategia de mercado. Es una conversación sobre qué significa crear música en una era en que las herramientas de producción y composición están disponibles en interfaces cada vez más accesibles. Es un debate sobre el equilibrio entre proteger lo que ya existe y permitir que nuevas formas de expresión florezcan —sin que una visión cierre las puertas a la pregunta de qué viene después.

En una industria que ha sido testigo de rupturas —del vinilo al CD, del CD al streaming, y del streaming a la inteligencia artificial— esta tensión entre control y apertura sugiere que no hay una respuesta definitiva, sino una serie de negociaciones continuas. Universal y Suno representan dos polos de esa tensión, y la forma en que sus propuestas se resuelvan —en acuerdos, en tribunales o en la adopción de modelos por parte de usuarios y creadores— probablemente modele no solo el futuro inmediato de la IA aplicada a la música, sino también las reglas tácitas de cómo se valora, comparte y reconfigura el arte sonoro en las próximas décadas.

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