Bad Bunny en el Halftime Show: cuando el Super Bowl habló en latino

Bad Bunny en el Halftime Show: cuando el Super Bowl habló en latino

Durante casi catorce minutos, el Super Bowl dejó de ser solo un espectáculo deportivo para convertirse en algo menos habitual y más poderoso: un relato latino contado desde dentro. No una representación amable ni una postal exportable, sino una sucesión de escenas reconocibles para millones de personas que, por una noche, no tuvieron que traducirse.

El Halftime Show encabezado por Bad Bunny fue una crónica visual de Puerto Rico, pero también una síntesis del continente. Una pieza donde cada gesto, cada objeto y cada canción funcionaron como símbolos de una identidad compartida que rara vez ocupa el centro del espectáculo global.

El origen: la caña, el jíbaro y la tierra

La primera imagen no fue urbana ni monumental. Fue rural. Bad Bunny apareció caminando entre una plantación de caña de azúcar, acompañado por campesinos con pava, el sombrero tradicional del jíbaro puertorriqueño. Desde el primer segundo, el mensaje fue claro: antes del éxito, antes del pop, antes del estadio, está la tierra.

Esa escena no solo dialoga con la iconografía reciente del álbum Debí tirar más fotos; funciona como una declaración política silenciosa. Puerto Rico no aparece como destino turístico ni como fondo exótico, sino como lugar vivido, trabajado, heredado.

El recorrido: del campo al barrio

Desde la caña, Bad Bunny camina hacia lo urbano. No hay corte abrupto: hay tránsito. El espectáculo se mueve como se mueve la vida. Aparecen carritos de comida callejera —piraguas, coco frío, tacos—, mesas de dominó, una joven arreglando uñas, un comprador de oro, dos boxeadores entrenando en plena calle.

Ese momento escondía uno de los guiños más precisos del show: los boxeadores no eran extras. Eran Xander Zayas, joven campeón puertorriqueño, y Emiliano Vargas, púgil mexicano-estadounidense invicto. Un homenaje silencioso a una de las rivalidades más profundas y respetadas del boxeo: Puerto Rico y México. Dos países enfrentados en el ring, hermanos en la historia del esfuerzo.

Mientras tanto, la música avanzaba. Se escuchó el arranque de “Gasolina”, con la voz inconfundible de Daddy Yankee, no como nostalgia gratuita, sino como reconocimiento de linaje. El reguetón no nació ayer; llegó hasta aquí después de décadas de resistencia.

La casita: el corazón del espectáculo

El recorrido desembocó en La Casita. Una vivienda de concreto, humilde, reconocible, inspirada en esas casas puertorriqueñas amenazadas hoy por la gentrificación. No fue escenografía: fue hogar.

Ahí, como en toda casa latina durante una fiesta, la gente entraba y salía sin anuncio ni jerarquía. En La Casita estuvieron, entre otros:

  • Pedro Pascal, figura de la diáspora latinoamericana contemporánea.
  • Karol G, presente del pop latino global.
  • Cardi B, símbolo del cruce cultural.
  • Young Miko, voz de una nueva generación boricua.
  • Jessica Alba y Alix Earle, desde el mundo del entretenimiento estadounidense.

No eran cameos: eran visitas. Nadie fue presentado porque en una casa no se presentan los conocidos.

La boda: la fiesta también es ritual

El espectáculo giró entonces hacia una boda real. No una representación ni un recurso escénico, sino una ceremonia auténtica que ocurrió en medio del show, como ocurre en muchas celebraciones latinoamericanas donde la vida no se detiene para el ritual: el ritual sucede dentro de la vida.

La música no se interrumpió para dar paso a la ceremonia; la ceremonia se integró a la música. Familia, pastel, baile, generaciones mezcladas. Y, en uno de los planos más certeros de la noche, un niño dormido sobre varias sillas mientras la fiesta continuaba. No fue un chiste ni una puesta en escena calculada. Fue una imagen reconocible para cualquiera que haya crecido en una celebración que dura más de lo planeado.

La confirmación de que se trató de una boda real terminó de cerrar el gesto: el Halftime Show no simuló la vida cotidiana latinoamericana, la incorporó. En el escenario más visto del mundo, alguien se casó mientras otros bailaban, comían, cantaban y seguían adelante. Como pasa fuera de cámara, todos los días. Y, en uno de los planos más comentados de la noche, un niño dormido sobre varias sillas mientras la música seguía.

Ese niño no fue un chiste. Fue una verdad cultural. Las fiestas latinas son tan largas que la infancia se rinde antes que el baile. Nada explicó mejor la escena.

Lady Gaga y Ricky Martin: el cruce generacional

La boda dio paso a Lady Gaga, quien interpretó “Die With a Smile” en clave salsera y luego bailó junto a Bad Bunny “Baile inolvidable”, cediendo la tarima a la familia que minutos antes se había casado. El gesto fue preciso: el espectáculo no interrumpe la vida; la acompaña.

Más adelante apareció Ricky Martin, cantando “Lo que le pasó a Hawaii” sentado en sillas blancas de plástico, idénticas a las de la portada de Debí tirar más fotos. Un símbolo doble: precariedad cotidiana y memoria compartida.

“Nuevayol” y la diáspora

El escenario se transformó en un barrio neoyorquino, con fruterías y barberías. Sonó “Nuevayol”, y Bad Bunny se acercó a saludar a María Antonia Cay, “Toñita”, dueña del Caribbean Social Club, institución viva de la comunidad puertorriqueña en Nueva York. No fue homenaje: fue reconocimiento.

El Grammy y el mensaje al futuro

Uno de los momentos más poderosos llegó cuando Bad Bunny se acercó a un niño que veía televisión con sus padres y le entregó el Grammy a Álbum del Año, diciéndole: “Cree siempre en ti”. No era el niño migrante que algunos especularon, pero el símbolo quedó intacto: el futuro mirando desde la sala.

“El Apagón”: cuando la luz falla

Durante “El Apagón”, las torres de luz comenzaron a chispear, simulando fallas eléctricas. Una referencia directa a los apagones crónicos de Puerto Rico tras el huracán María. La fiesta no negó la herida: la iluminó.

En la pantalla apareció una rana, el sapo concho, especie endémica en peligro de extinción, ya presente en el universo visual del álbum. La cultura también es defensa del territorio.

Amor, banderas y récords

Un letrero lo dijo sin rodeos: “Lo único más grande que el odio es el amor”. El cierre mostró las banderas de todos los países de América —incluido Canadá—, reafirmando que “América” no es un país, sino un continente.

El impacto fue medible: el show rompió el récord histórico de audiencia del Halftime Show, superando a Kendrick Lamar y a Michael Jackson, con más de 135 millones de espectadores, y estimaciones que alcanzan los 142 millones al sumar streaming y visionados fuera del hogar. Fue el primer medio tiempo predominantemente en español encabezado por un solista latino.

Epílogo: el reguetón como punk continental

El reguetón nació perseguido, señalado, censurado. No pidió permiso. Sobrevivió. Y esa noche, en el centro del espectáculo más grande del mundo, volvió a demostrar que su fuerza no está en la aprobación, sino en la persistencia.

Bad Bunny no habló en nombre de un continente. Lo encarnó. En la casa, en la boda, en la caminata, en el niño dormido, en la luz que falla y vuelve.

No explicó la cultura latina.
La dejó existir.

Y eso, en ese escenario, lo cambió todo.

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