Mon Laferte expande su teatro emocional en Femme Fatale Vol. 2, un disco largo que sabe respirar

Mon Laferte expande su teatro emocional en Femme Fatale Vol. 2, un disco largo que sabe respirar

Por: Ulises Sanher

Femme Fatale Vol. 2 no llega para corregir el universo que Mon Laferte abrió con Femme Fatale. Llega para ampliarlo. En 20 canciones, la artista chileno-mexicana convierte el exceso de material en una arquitectura emocional: contrabajo, vals, guitarras tensas, baladas grises, punk, folk, electrónica áspera, teatralidad y una voz que sigue siendo el centro magnético de todo. El álbum está disponible como un proyecto de 20 canciones y aparece como el nuevo capítulo de una etapa producida por Mon Laferte junto a Manu Jalil, con algunas piezas coproducidas por Rick Nowels.

Mon Laferte no cierra Femme Fatale: lo deja arder un poco más

La idea de una segunda parte suele cargar con una sospecha: la de existir como apéndice. En Femme Fatale Vol. 2, Mon Laferte evita esa trampa porque no intenta repetir el golpe del primer volumen ni competir con él. Lo que hace es más interesante: entrar por las puertas laterales de ese mismo edificio. Si Femme Fatale trabajaba desde una sofisticación oscura, más cercana al jazz, al cabaret emocional y al drama contenido, este segundo volumen abre las ventanas hacia materiales más cambiantes: blues, folk, punk, alt-rock, balada cinematográfica y texturas que por momentos rozan lo industrial.

El resultado es un disco largo que rara vez se siente pesado. Veinte canciones podrían haber convertido el proyecto en una carpeta de descartes nobles, pero Mon lo organiza como una obra de respiración amplia. No todo tiene el mismo filo. No todo alcanza la misma precisión lírica del primer volumen. Pero incluso cuando alguna idea amorosa se vuelve más directa de lo necesario, la interpretación, la mezcla y la paleta instrumental sostienen una experiencia con cuerpo, escena y carácter.

La voz como única escenografía posible

El inicio con “For Your Consideration” es casi una advertencia de método. Voz y contrabajo. Nada más. La canción se sostiene en la tensión entre austeridad y presencia: Mon no necesita decorar demasiado para instalar una declaración de principios. Su voz no aparece como recurso de lucimiento, sino como espacio dramático. Ahí está una de las claves del álbum: Femme Fatale Vol. 2 no busca impresionar por acumulación, sino por control del gesto.

“A Pesar de Ti y de Mi” mira hacia la Mon más reconocible: la voz abierta, el dramatismo romántico, la herida puesta al frente. Podría ser el corte que más dialoga con sus primeros años, pero la producción evita que suene a regreso literal. Tiene músculo clásico y acabado contemporáneo. La canción entiende algo que Mon lleva años perfeccionando: una balada puede ser enorme sin perder suciedad emocional.

En “No Le Regales Tu Corazón”, el álbum se vuelve más paciente. El arpegio de guitarra sostiene un minimalismo ambiental que no busca resolver pronto. El final, con una deriva más experimental y un monólogo donde la tensión crece desde las palabras, trabaja la incomodidad como forma de composición. Es una de las piezas donde el disco se permite mirar más lejos: menos canción cerrada, más escena mental.

El cine triste de Mon Laferte

“Sunset Boulevard” podría existir en una película donde nadie se despide bien. Es una balada en ritmo de vals, con vientos que entran como si abrieran una cortina vieja. La tristeza aquí no pide compasión; se disfruta, se contempla, se deja acompañar. Mon ha entendido muchas veces que el dolor también puede tener puesta en escena, y esta canción lo confirma con una elegancia gris, casi de melodrama clásico.

La colaboración con St. Vincent en “While I’ll Keep Writing Songs for You” no busca el impacto fácil. Las voces se tratan como melodía e instrumento, acompañadas por un rasgueo lento y una armonía que parece pedir una explosión. Esa explosión nunca llega. La decisión es acertada: el tema no necesitaba clímax, necesitaba suspensión. El encuentro entre ambas artistas refuerza el carácter alternativo del álbum y prolonga un diálogo creativo que ya venía de la participación de Mon en la reinterpretación bilingüe de “Violent Times”.

“Hello Monserrat” trae una de las entradas más firmes del disco. Guitarras, bajo y batería arman una cadencia que sostiene una letra de afirmación y un coro que se queda. La canción funciona como autorretrato sin volverse explicación. Monserrat aparece no como personaje separado de Mon Laferte, sino como zona íntima donde la artista puede nombrarse desde otra temperatura.

Maternidad, ruido y riesgo

“Irracional Cervical” baja el volumen externo para entrar en una carta de amor maternal. No hay sentimentalismo blando: hay introspección, cuidado, cuerpo, una forma de ternura que sabe convivir con el cansancio y la extrañeza. Es una de las piezas que recuerda que la maternidad en Mon Laferte nunca aparece como postal limpia, sino como experiencia compleja y transformadora.

Después, “Tal Vez Yo Soy El Problema” rompe el mapa. Rápida, punk, nerviosa, casi impaciente. La canción sorprende porque no aparece repentinamente dentro del flujo del álbum: entra, raspa y se va. Ese gesto es importante. Femme Fatale Vol. 2 no quiere ser solo un disco bello; también quiere ser incómodo, torcido, ligeramente desobediente.

“Eterno Resplandor De Una Mente Sin Recuerdos”, junto a Javiera Electra, baja la intensidad sin apagar el drama. El guiño a la película de Michel Gondry no queda como referencia decorativa: la conversación entre Javiera y Mon traduce esa emoción de memoria rota, de amor que insiste incluso cuando debería desaparecer. El coro —“Todo lo que veo me recuerda a ti”— podría ser obvio en otras manos, pero aquí funciona porque está rodeado de atmósfera, no de subrayado.

Donde el disco se vuelve más extraño

Uno de los mejores desvíos llega con “Por La Gracia De Dios”. La introspección lírica se dobla hacia una electrónica poco convencional, con beats saturados y una textura áspera que altera el pulso del álbum. La ironía de la letra encuentra ahí un espacio más filoso. Mon no está usando lo electrónico como barniz moderno, sino como presión: algo que interrumpe, que ensucia, que obliga a escuchar desde otro lugar.

“Vuelve A Casa” regresa a la balada, pero con skank y staccatos de guitarra que le dan un cuerpo distinto. Es brutalmente honesta sin volverse confesión plana. “Estoy Llorando De Tanta Belleza” trabaja desde el extremo contrario: minimalismo sonoro para dejar que la poesía amorosa respire sin exceso. En esa parte media, el álbum confirma su mayor virtud: puede cambiar de habitación sin perder la casa.

No todo alcanza el mismo nivel. “Yo Te Amo Y Tú Lo Intentas” se aleja un poco del relato sonoro que venía construyéndose, aunque nunca se siente ajena. Tiene un coro de concierto, una claridad pop más inmediata y una emocionalidad menos ambigua. Es efectiva, pero también evidencia uno de los puntos menos fuertes del disco: cuando el lenguaje amoroso se vuelve demasiado frontal, Mon pierde parte de esa tensión incómoda que vuelve tan poderosas sus mejores canciones.

El último acto

A partir de “Reino De Amor”, el disco empieza a acercarse al telón. Hay sarcasmo, recuerdos y una instrumentación que acompaña sin aplastar. “Quién Soy Yo Cuando No Estoy Contigo”, junto a GRTSCH, funciona como antesala emocional del final: una canción que mira hacia atrás y recuerda por qué llegamos hasta aquí. No resuelve la pregunta del título; la deja abierta, que es más honesto.

“Es Tan Sabio Nuestro Amor” tiene algo de estructura teatral: cuerdas, redención, una sensación de escena iluminada desde arriba. “Racimos y Glaciares” sostiene una guitarra sobresaliente que después se retira para acompañar, como si entendiera cuándo dejar de ocupar el centro. Mon sigue bailando baladas hipnóticas con letras inteligentes, sin necesidad de demostrar que puede hacerlo.

“Vi Un Poema En Su Locura” parece salida de una gala en blanco y negro: vestidos largos, humo, elegancia ligeramente peligrosa, una atmósfera de canción para créditos de una película de espionaje sentimental. “Mary” entra con guitarra acústica y voz, pero pronto deja que la batería empuje la canción hacia un vaivén setentero. La guitarra también mira hacia esa década, no como nostalgia de catálogo, sino como textura viva.

Y luego llega “Gigante”. El adiós correcto. Un vals en notas menores, nostálgico, hermoso y gris, como un día lluvioso visto desde una ventana que no se abre. El piano crece, los arreglos intermedios bailan con una delicadeza casi final, la canción parece dejar que aparezcan los créditos. Lo notable es que no intenta cerrar el álbum con grandilocuencia. Lo cierra con una especie de aceptación. En entrevistas pasadas Mon menciona que escribió esta pieza alrededor de los 26 años, después de una cirugía de tiroides que puso en riesgo su voz; escuchada en este contexto, la canción adquiere otra gravedad sin necesidad de explicarse demasiado

Femme Fatale Vol. 2 es una obra de madurez, pero no de quietud. Mon Laferte suena sabia, sí, pero también inquieta. Sabe manejar la teatralidad sin caer en caricatura, vulnerabilidad, la belleza sin volverla cómoda. Su voz sigue siendo una de las herramientas más expresivas de la música latina contemporánea, pero aquí lo más valioso es cómo esa voz dirige todo lo demás: el contrabajo, los vientos, la guitarra, el ruido, el silencio, la distorsión, el piano final.

El disco brilla más por su paleta sonora que por su precisión lírica constante. Algunos motivos amorosos aparecen con menos matices que en el primer Femme Fatale, y ciertos gestos de sensualidad no alcanzan la misma temperatura que el volumen anterior. Pero la obra nunca se rompe. Incluso sus zonas menos exactas se integran a un conjunto que entiende la canción como cine, como teatro, como confesión y como artificio.

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