A 25 años de Is This It, The Strokes ya no tienen que demostrar que cambiaron el rock de principios de siglo. Su música pertenece a varias generaciones al mismo tiempo: quienes vieron aparecer a cinco neoyorquinos de aspecto desvelado, quienes llegaron con The New Abnormal y quienes convirtieron “The Adults Are Talking” en una pieza tan central de su catálogo como los himnos de su juventud. Reality Awaits, su séptimo álbum, aparece frente a ese legado con una actitud inquieta. La banda reconoce lo que sabe hacer, permite que Julian Casablancas altere la fórmula y termina en un territorio donde la melodía convive con decisiones extrañas, momentos de lucidez y una cantidad de procesamiento vocal que con frecuencia ocupa más espacio del necesario.
Julian Casablancas ya no escribe como el joven de 22 años cuya indiferencia parecía contener una filosofía completa. Las noches, las relaciones y la banalidad cotidiana siguen formando parte de su vocabulario, aunque ahora se encuentran atravesadas por el cansancio, la política, la paranoia y la conciencia del tiempo. Esa transformación le da coherencia a una banda integrada por hombres que se acercan a los 50 y conocen el peso de su propia historia. Intentar reproducir la pose de Is This It habría convertido el álbum en una representación incómoda de sí mismos. Reality Awaits prefiere documentar la rareza de envejecer dentro de un grupo que todavía provoca expectativas enormes cada vez que entra a un estudio.
El problema aparece cuando la búsqueda de un lenguaje contemporáneo se confunde con los impulsos más indulgentes de Casablancas. La sombra de The Voidz cubre gran parte del álbum: voces desfiguradas, estructuras que se retuercen, sintetizadores que aparecen detrás de las guitarras y una inclinación por introducir pequeños accidentes en canciones que ya tenían una dirección clara. También sobreviven rastros de Phrazes for the Young, especialmente en la manera de empujar su voz hacia una artificialidad futurista. Algunas de esas decisiones abren el sonido de The Strokes. Otras funcionan como interferencias.
“Psycho Shit” comienza desde una oscuridad espesa, con la banda avanzando hacia una combustión lenta mientras Casablancas escribe alrededor de la violencia, el poder y el estado del mundo. La canción tenía suficiente tensión en sus instrumentos y en su melodía para sostenerse por sí misma. El Auto-Tune coloca una capa adicional sobre una interpretación que pedía cercanía, y esa elección establece una de las discusiones centrales del disco: la distancia entre el cantante y su propia voz. El recurso reaparece en piezas lentas y melancólicas, donde la transformación digital rompe parte de la intimidad que el arreglo había comenzado a construir.
Ese exceso también revela el estado actual de The Strokes. Casablancas parece menos interesado en entregar una interpretación limpia que en probar voces, personajes y texturas. En “Liar’s Remorse” modifica su acento y lleva la canción hacia una teatralidad difícil de descifrar. “Falling Out of Love” lo encuentra cantando desde un registro bajo, casi hablado. “The Fruits of Conquest” mezcla una sensualidad decadente con una interpretación que se acerca a la caricatura. Son decisiones que pueden despertar curiosidad durante una primera escucha y agotamiento en las siguientes. El álbum tiene nueve canciones, aunque algunos de estos desvíos producen la sensación de un recorrido más largo, aunque no del todo si se le da espacio de cocción.

Cuando la banda reduce el número de ideas y se concentra en la interacción de sus cinco integrantes, Reality Awaits encuentra sus mejores momentos. “Dine N’ Dash” recuerda que la grandeza de The Strokes nunca dependió de la complejidad armónica. Nick Valensi y Albert Hammond Jr. construyen guitarras que se responden mediante figuras sencillas; Nikolai Fraiture y Fab Moretti sostienen una repetición firme, y Casablancas espera el momento exacto para liberar “It’s going great”. La frase adquiere una dimensión enorme dentro del arreglo. La canción crece a partir de elementos mínimos y convierte esa economía en una forma de euforia. Es el punto más convincente del álbum y una demostración de que el grupo todavía puede hacer que tres o cuatro movimientos parezcan contener una ciudad completa.
“Going to Babble On” trabaja desde una belleza parecida. La melodía avanza con la ligereza del mejor new wave de The Strokes, mientras la letra observa la velocidad de la vida adulta y el deseo de comenzar otra vez. El solo final abre la canción hacia una exuberancia ochentera que podría haber parecido ajena en sus primeros discos y aquí encaja con naturalidad. La banda conserva su capacidad para escribir música inmediata; la edad ha cambiado el tipo de melancolía que la sostiene.
“Going Shopping” tiene la estructura del tema que probablemente encontrará espacio en la larga lista de himnos de la banda en festivales. El ritmo insiste sin apresurarse, las guitarras aumentan su actividad poco a poco y el procesamiento vocal adquiere una función dramática. Aquí el Auto-Tune aporta carácter: Casablancas suena atrapado dentro de una fantasía de consumo, escape y aburrimiento, como alguien que quiere abandonar la ciudad y termina extrañando el mismo ruido que lo expulsó. La presencia de Walton Goggins en el video amplifica esa dimensión absurda, aunque la canción ya contenía suficiente personalidad antes de la imagen. Su estribillo y su cadencia la convierten en la respuesta más directa para quienes todavía esperan un nuevo himno de The Strokes.
“Lonely in the Future” desplaza la mirada hacia una generación que vive conectada de manera permanente. Un riff áspero sostiene la crítica de Casablancas, mientras la banda conserva una agilidad pop que evita que la letra se vuelva discurso. La canción permite escuchar a un compositor consciente de la distancia entre la cultura que lo formó y el presente que intenta interpretar. Esa posición puede resultar incómoda, incluso contradictoria, y ahí encuentra parte de su atractivo. Casablancas ya no encarna la juventud que observa; ahora escribe desde el lugar de quien fue convertido en referencia por esa misma juventud.
La convivencia entre The Strokes y The Voidz define las virtudes y las frustraciones de Reality Awaits. La rareza introduce humor, riesgo y nuevas texturas. También interrumpe melodías que necesitaban aire. Dan la impresión de ser una banda capaz de detener a Casablancas cuando la canción lo exige y de seguirlo cuando la curiosidad colectiva vence a la disciplina. Esa negociación produce un álbum irregular, aunque rara vez indiferente.
“Tyrants of the Mellow Moon” cierra el recorrido con una extensión melancólica y un gran solo de guitarra que apunta hacia el rock progresivo. La pieza avanza sin encontrar del todo la forma que busca. Su peso contrasta con la agilidad de los mejores cortes y deja al disco suspendido en una zona nebulosa, como una banda caminando hasta el borde de una idea y observando qué existe después. Esa falta de resolución también pertenece al mundo de Reality Awaits: un álbum interesado en el paso del tiempo, la distorsión de la identidad y el extraño trabajo de seguir siendo The Strokes.
The New Abnormal encontró una claridad emocional capaz de atravesar el encierro de 2020 y convertir “The Adults Are Talking” en un himno tardío. Reality Awaits resulta más disperso y menos consistente. The Voidz pesa demasiado en algunos arreglos y el Auto-Tune cubre interpretaciones que habrían ganado fuerza mediante una voz más expuesta. Esa fricción no cancela el placer de escuchar a Valensi, Hammond Jr., Fraiture y Moretti volver a organizarse alrededor de una figura sencilla, ni la emoción de encontrar a Julian Casablancas todavía capaz de escribir una melodía que parece haber existido desde siempre.
Este no es el mejor álbum de The Strokes. También está lejos de ser el documento de una banda agotada. Sus fallas provienen de un exceso de movimiento, de la necesidad de probar recursos y de un líder que continúa empujando su voz hacia lugares incómodos. “Dine N’ Dash”, “Going to Babble On” y “Going Shopping” tienen la fuerza suficiente para permanecer en sus conciertos y en la relación de una nueva generación con el grupo. A 25 años de su debut, The Strokes siguen creando himnos. Ahora llegan cubiertos de sintetizadores, cicatrices, extrañeza y la conciencia inevitable de que la realidad siempre termina alcanzando a quienes alguna vez parecieron demasiado jóvenes para envejecer.


