Pulp: What Do You Do for an Encore?: nadie en Pulp necesita parecer cool

Garth Jennings mezcla los conciertos de Pulp en el O2 con casi cinco décadas de archivo en What Do You Do for an Encore?, una película donde el pasado importa porque la banda todavía tiene presente.

Pulp: What Do You Do for an Encore?: nadie en Pulp necesita parecer cool

Garth Jennings podría haber comenzado Pulp: What Do You Do for an Encore? precisamente ahí. Tenía a su disposición más de cuatro décadas de archivo, la explosión de Different Class, imágenes reconocibles incluso para quienes nunca siguieron demasiado de cerca a la banda y suficientes canciones para construir una celebración retrospectiva sin demasiadas complicaciones. En cambio, la película abre desde el presente con “Spike Island”, una de las canciones de More, el primer álbum de Pulp en 24 años y el disco que en 2025 los devolvió al número uno británico por primera vez desde This Is Hardcore, 27 años atrás. Antes de revisar quiénes fueron, Jennings establece quiénes siguen siendo.

Ese movimiento impide que el archivo se convierta en el destino natural del documental. Las cintas domésticas, fotografías, diarios escolares, apariciones televisivas, actuaciones primitivas y planes adolescentes de Jarvis para alcanzar el éxito aparecen continuamente, pero la película nunca da la impresión de estar excavando un pasado más interesante que su presente. Jennings los cruza con las dos noches que Pulp ofreció en el O2 Arena de Londres en junio de 2025, actuaciones que también dieron origen al álbum Live!, y la distancia entre ambas épocas comienza a comprimirse hasta que una parece comentar a la otra. Fueron, además, los conciertos 566 y 567 de la trayectoria de la banda, grabados precisamente la semana en que More llegó al número uno.

Quienes hayan leído Pop bueno, pop malo, el peculiar libro autobiográfico que Cocker construyó alrededor de objetos encontrados en su ático, reconocerán rápidamente parte de ese mecanismo. Algunos recuerdos y obsesiones regresan, pero su repetición no disminuye el documental: revela una forma bastante consistente de ordenar la memoria. Jarvis rara vez parece interesado en construir una autobiografía a partir de grandes declaraciones. Prefiere objetos, fotografías, programas de televisión, habitaciones, accidentes y cosas aparentemente menores que, miradas durante suficiente tiempo, terminan abriendo una época completa.

Jennings adopta esa misma lógica y evita que What Do You Do for an Encore? avance como una sucesión disciplinada de formación, fracaso, éxito, crisis y regreso. Su cercanía con la banda ayuda. Había dirigido los videos de “Help the Aged” y “A Little Soul” a finales de los noventa y volvió a colaborar con Pulp cuando el grupo retomó las giras, primero alrededor de la puesta en escena y después como director de estas actuaciones. No filma desde la distancia reverencial de quien llega a documentar una institución, sino desde una familiaridad que le permite revolver su historia sin necesidad de organizarla como museo.

El montaje de Barney Pilling es decisivo para que esa acumulación no se vuelva pesada. La película salta de los conciertos a fragmentos domésticos, animaciones de los cuadernos juveniles de Cocker, anuncios, televisión y fotografías con una ligereza que reproduce bastante bien la lógica de alguien abriendo una caja y descubriendo qué guardó dentro. Las canciones no funcionan como interrupciones del relato ni el archivo como pausa obligatoria entre números musicales. A veces parece que el concierto está musicalizando la narración de Cocker; poco después, la voz en off empieza a sentirse como una larga introducción a la siguiente canción. El intercambio funciona en ambas direcciones y le da a la película un ritmo mucho menos saturado que el de tantas biografías musicales empeñadas en explicar cada fotografía que encuentran.

Haber escuchado antes Live! tampoco vuelve redundante ese material. El disco y la película proceden de las mismas noches, pero Jennings permite ver aquello que el audio sólo puede sugerir: la manera en que Candida Doyle, Mark Webber y Nick Banks ocupan el escenario, los movimientos mínimos entre canciones, las cuerdas, los cambios de escala y, naturalmente, un Jarvis Cocker que continúa moviéndose como si el cuerpo recibiera instrucciones distintas a las del resto de las personas. A los sesenta y tantos años ya no existe necesidad alguna de reproducir al hombre que aparecía en aquella cinta de Glastonbury, y precisamente por eso sus movimientos siguen pareciendo suyos.

Esa ausencia de ansiedad resume una de las cualidades más persistentes de Pulp. Dentro de una generación convertida retrospectivamente en un catálogo de cortes de pelo, chaquetas, rivalidades y masculinidad británica, la banda siempre pareció ligeramente desplazada del centro de la fotografía. Incluso cuando finalmente llegó allí, después de pasar buena parte de su existencia intentando conseguirlo, conservó algo de quienes habían observado la fiesta desde otra habitación.

Sus canciones estaban llenas de esas personas: amantes poco correspondidos, trabajadores, mirones, jóvenes sin demasiado dinero, cuerpos incómodos, pisos desagradables, sexo no particularmente glamuroso y noches que prometían más de lo que finalmente entregaban. Pulp podía hacer que todas esas vidas sonaran enormes sin convertirlas en excepcionales. “Common People” llevó esa idea hasta su forma definitiva: una canción que bien pudo haber prestado su nombre a la propia banda, personas comunes cantando sobre cosas comunes hasta descubrir que la normalidad también podía llenar Glastonbury.

What Do You Do for an Encore? entiende ese vínculo sin convertir la condición de outsider en otro cliché heroico. Una secuencia del torneo de futbol de celebridades de 1996 coloca a Cocker en medio de una cultura británica que entonces parecía mucho más cómoda con figuras como Liam Gallagher o Damon Albarn. Jarvis está dentro del equipo y simultáneamente parece alguien que debería estar observándolo desde la línea lateral. Esa ligera desubicación nunca desapareció por completo, y quizá explique por qué Pulp no necesita ahora reconstruir una pose de juventud para que sus canciones sigan funcionando.

La puesta de “This Is Hardcore” lo hace particularmente evidente. Jarvis aparece sentado en un sillón mientras la banda va construyendo alrededor suyo una canción que siempre tuvo algo de decadencia, espectáculo y resaca posterior al éxito. La escena podría sentirse excesivamente consciente de su elegancia; en cambio, adquiere una naturalidad extraña. Las cuerdas, la iluminación y la grandilocuencia pertenecen al ADN de la canción desde 1998, pero ahora existe además la distancia suficiente para que sus obsesiones con el agotamiento, la fama y lo que queda después del clímax resulten incluso más apropiadas en una de las canciones más sexys de la banda.

Esa es una de las pequeñas ironías que Jennings encuentra sin necesidad de explicarlas demasiado. Muchas canciones de Pulp fueron escritas por personas jóvenes obsesionadas con imaginar qué sucedería cuando fueran mayores. “Disco 2000” situaba la edad adulta en una fecha que entonces parecía absurdamente lejana; “Help the Aged” observaba la vejez desde una distancia que ya no existe. Escucharlas ahora no requiere modificar una palabra. El tiempo hizo ese trabajo.

También cambió el peso de “Something Changed”. En los conciertos filmados, la canción está dedicada a Steve Mackey, bajista de la banda fallecido en 2023. Su letra siempre había encontrado romanticismo en el azar, en todas las pequeñas decisiones que deben coincidir para que dos personas terminen encontrándose. Dirigida ahora hacia un amigo y colaborador ausente, esa misma idea se desplaza sin que Jennings tenga que construir alrededor un gran homenaje audiovisual. La intimidad que consigue la actuación proviene justamente de esa contención: por unos minutos, la escala del O2 parece desaparecer.

La ausencia de Mackey permite observar también algo que el documental preserva con especial cuidado: Pulp sigue sintiéndose como una banda. Jarvis narra la historia, concentra naturalmente la cámara y posee una personalidad demasiado grande como para no dominar muchas escenas, pero la película no termina convirtiendo a Candida Doyle, Mark Webber o Nick Banks en acompañantes de su biografía. En cuanto comienza la música, el equilibrio se vuelve evidente. Los teclados, la guitarra, la sección rítmica, las cuerdas y esa capacidad para pasar del pop deliberadamente ordinario al melodrama orquestal forman un lenguaje colectivo mucho más difícil de separar de lo que podría sugerir la figura excepcionalmente visible de su cantante.

Por eso adquiere tanto sentido una de las frases más hermosas de la película: “Un sueño siempre es más divertido si tienes otras personas que lo sueñan contigo”. En otro contexto podría sonar como una conclusión demasiado ordenada, pero la historia de Pulp está llena de razones para creerla. El proyecto comenzó con un adolescente miope escribiendo en un cuaderno cómo quería convertirse en estrella, atravesó cambios de integrantes, actuaciones minúsculas, años de indiferencia, el impulso decisivo de John Peel y una espera mucho más larga que la carrera completa de muchas bandas antes de que Different Class los colocara finalmente en el centro de la cultura británica.

Lo interesante, varias décadas después, ya no es que aquel plan adolescente haya funcionado. Es que Pulp haya encontrado una forma de continuar después de haber conseguido aquello que durante tantos años parecía improbable.

Ahí está la diferencia entre Encore y muchas películas construidas alrededor del regreso de una banda veterana. El rock ha convertido las reuniones en una economía bastante predecible: repertorios conocidos, audiencias dispuestas a revivir una edad concreta y músicos administrando canciones cuyo significado comercial creció durante su ausencia. Pulp también puede llenar una arena apoyándose en ese capital emocional, pero More introduce una complicación mucho más interesante. El grupo no regresó únicamente a interpretar su pasado; volvió a producir canciones capaces de convivir con él.

Por eso “Spike Island” puede abrir tanto el concierto como la película sin sentirse como la inevitable canción nueva que hay que atravesar antes de llegar a los clásicos. El álbum ocupa un lugar real dentro de la vida actual de Pulp, algo que su llegada al número uno británico confirmó también fuera del escenario. La vigencia que plantea What Do You Do for an Encore? no depende entonces de demostrar que la banda todavía puede tocar “Disco 2000” o “Babies”; depende de mostrar que el pasado todavía admite material nuevo.

La película tampoco pretende ser una investigación definitiva sobre Pulp. La cercanía de Jennings con el grupo hace que el tono sea afectuoso, incluso protector. No existe demasiado interés en diseccionar viejos conflictos, reabrir el contexto más desagradable del Britpop o cuestionar a fondo la propia mitología de la banda. Jarvis Cocker es además productor ejecutivo del proyecto, y esa proximidad establece con claridad sus límites. Encore funciona mejor cuando se acepta que su pregunta no es qué secretos quedan por revelar, sino qué significa seguir habitando canciones escritas por versiones anteriores de uno mismo.

Cocker lo expresa al hablar de cómo las canciones conservan pequeñas bolsas de energía de la vida en que fueron creadas, una energía que vuelve a liberarse cuando se interpretan. La película parece organizada alrededor de esa idea: las canciones no son documentos intactos de los noventa, porque cada nueva interpretación suma algo que antes no estaba allí. “Something Changed” puede hablar ahora de Mackey; “Help the Aged” puede ser interpretada por quienes ya han alcanzado la edad que observaban desde lejos; “Disco 2000” puede describir un futuro que quedó décadas atrás.

Y “Common People” puede volver a cerrar todo.

La decisión roza el fan service y sería inútil fingir lo contrario. También sería una afectación evitarla únicamente para resultar impredecible. Algunas canciones terminan ocupando un lugar tan central en la historia de una banda que cualquier intento de escapar de ellas resulta más artificioso que tocarlas una vez más.

La primera vez que vi a Pulp, “Common People” estaba al final de aquella cinta de Glastonbury, con Jarvis lanzando brazos y piernas hacia direcciones improbables y decenas de miles de personas descubriendo cuánto podía crecer una canción sobre alguien que quería experimentar temporalmente la vida de los demás. Treinta años después, What Do You Do for an Encore? vuelve a colocarla frente a otra multitud y el mecanismo sigue funcionando: por unos minutos la distancia entre escenario y público desaparece.

Tal vez Pulp haya envejecido tan bien porque nunca estuvo demasiado interesado en parecer la banda correcta. No necesitó ser la más virtuosa, la más agresiva ni la más fotogénica de su generación, y ahora tampoco necesita interpretar el papel de venerable superviviente del Britpop. El documental de Jennings encuentra algo bastante más atractivo en observar a ese grupo de antiguos outcasts continuar una historia que varias veces pareció terminada: siguen existiendo el violín, los movimientos imposibles de Jarvis, la elegancia accidental, el melodrama, las pérdidas y una multitud dispuesta a cantar sobre vidas ordinarias.

Después de casi cincuenta años, nadie en Pulp necesita parecer cool. Seguir pareciendo Pulp es suficiente.

El documental ya está disponible en MUBI.

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