Mike Patton abrió el Cervantino 54 entre crooners, sirenas y mariachi

Mondo Cane llevó a la Alhóndiga una noche de pop italiano, arreglos orquestales y múltiples voces de Mike Patton, antes de cerrar con mariachi y canción mexicana.

Mike Patton abrió el Cervantino 54 entre crooners, sirenas y mariachi

Mondo Cane siempre ha sido uno de los proyectos más reveladores de Mike Patton porque obliga a escuchar su voz desde otro lugar. Aquí no hay riffs esperando la siguiente explosión ni una estructura diseñada alrededor de la agresión. Hay melodías que exigen fraseo, respiración, teatralidad y una precisión casi actoral. Patton puede acercarse a una canción como crooner, llevar una línea hasta el borde del melodrama, tensarla hasta volverla extraña y regresar después a una interpretación sorprendentemente sobria. Esa movilidad fue el verdadero centro del concierto. Su rango vocal impresiona, pero en Guanajuato pesó más la capacidad de cambiar de carácter sin perder el hilo de la canción.

La orquesta le dio espacio para hacerlo. El montaje reunió a 25 músicos además de Patton, con una sección de 12 violines y una instrumentación que iba del piano de cola, teclados y sintetizadores al chelo, banjo, saxofón, trompeta, clarinete, flauta, batería, percusiones, theremín y electrónica. Cheche Alara dirigió un ensamble donde también estuvieron Dario Rosciglione, Alessandro Stefana, Scott Amendola, William Winant, Enrico Zavalloni, Enrico Gabrielli, Olivia Mainville y las voces de Claudia Puglisi, Valeria Vasta y Roberta Lizzio.

Fotografía: Gabriel Morales / Cortesía FIC

Con una formación así, la calidad del audio resultaba decisiva. La mezcla mantuvo separadas las capas incluso en los momentos de mayor densidad: las cuerdas podían crecer sin tragarse los vientos, la percusión conservaba profundidad y la voz de Patton seguía apareciendo con claridad cuando bajaba hasta un registro íntimo o se desplazaba hacia zonas mucho más extremas. En la piedra abierta de la Alhóndiga, esa definición permitió escuchar los arreglos como arquitectura y no como una masa de volumen.

“Urlo nero”, “Il cielo in una stanza”, “Senza fine”, “Deep Down” y “Che notte!” fueron llevando el concierto por distintas formas de dramatismo. Algunas piezas parecían arrastrar todavía el perfume del pop italiano de mediados del siglo XX; otras adquirían la escala de una banda sonora, con cuerdas que abrían espacios enormes alrededor de una melodía muy sencilla. Patton se movía dentro de esos arreglos con una elasticidad que hacía olvidar por momentos el tamaño del dispositivo que lo rodeaba.
Ahí aparecía la particularidad de Mondo Cane: las canciones conservaban suficiente espacio para seguir siendo canciones. Patton podía llevarlas hacia registros excéntricos, introducir gestos vocales abruptos o jugar con la teatralidad, pero el corazón melódico permanecía reconocible. Esa relación con el repertorio explicaba mejor su versatilidad que cualquier cifra sobre octavas. El virtuosismo estaba en saber cuánto mover una pieza antes de devolverla a su centro.

La Alhóndiga respondió con una atención poco uniforme y por eso mismo interesante. Había momentos en que el entusiasmo explotaba frente a una maniobra vocal de Patton y otros en que la ovación llegaba por una entrada de cuerdas o por el reconocimiento súbito de una melodía. El público diverso terminó siendo parte de la textura del concierto, porque cada segmento parecía activar referencias distintas. El festival registró una explanada llena desde antes del inicio.

Fotografía: Gabriel Morales / Cortesía FIC

El último tramo abrió todavía más el repertorio. El Mariachi Gama 1000 apareció en escena para un encore que incluyó “La llorona”, “Retrovertigo”, “Luz de luna” y “Hasta que te conocí”. Las canciones mexicanas entraron al programa sin sentirse como un apéndice ceremonial. “Luz de luna” permitía escuchar la voz de Patton enfrentarse a otra tradición de fraseo y emoción; “Hasta que te conocí” provocó una reacción inmediata de la explanada y convirtió el cierre en uno de los momentos más colectivos de la noche.

Patton ha construido buena parte de su carrera escapando de una sola definición vocal, pero el concierto de Guanajuato mostró algo más específico: su capacidad para entrar en repertorios ajenos sin borrar lo que los hace reconocibles. En Mondo Cane, la personalidad del intérprete se filtra por todas partes —en los quiebres, en los gestos, en la manera de estirar una palabra— mientras la canción conserva su identidad. Esa tensión mantuvo vivo un programa que pudo haber quedado atrapado en el ejercicio de estilo.

La música llegó después de la ceremonia de apertura del festival. La edición 54 entregó la Presea Cervantina al Cuarteto Latinoamericano, reconoció a Sara Pinedo con la Presea Eugenio Trueba Olivares y distinguió la trayectoria periodística de Velio Ortega. El Cervantino reúne este año a 3,325 artistas y creadores provenientes de 29 países y 20 estados de México y se extenderá hasta el 18 de octubre. Boletín Inauguración 54 FIC y…

Después del protocolo, la primera gran imagen musical de esta edición quedó en la Alhóndiga: una orquesta enorme entrando y saliendo de canciones italianas, un theremín junto a una sección de cuerdas, Patton alternando personajes vocales y un mariachi apareciendo en el tramo final. La jornada empezó con músicos afinando durante la prueba de sonido y terminó con miles de personas cantando una canción de Juan Gabriel. En medio quedaron las razones por las que Mondo Cane sigue siendo una de las anomalías más atractivas dentro de la obra de Patton: un proyecto capaz de hacer que su conocida versatilidad vocal deje de sentirse como una proeza y empiece a escucharse como interpretación.

Fotografía: Gabriel Morales / Cortesía FIC

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