Los sonidos que antes fueron marginales hoy comparten playlist con el pop global, mientras las audiencias escuchan corridos tumbados, reggaetón sinfónico y postpunk latino. El nuevo canon no tiene centro: se despliega.
Un mundo sin géneros (pero con todos los géneros)
Ya no sorprende que una misma persona escuche Peso Pluma, Mitski, Karol G y Chavela Vargas en una misma sesión de streaming. La idea de que los géneros musicales definen tribus culturales ha sido diluida por la experiencia digital y por una nueva sensibilidad generacional: una que no necesita justificar por qué después del punk viene un bolero, o por qué el reggaetón puede sonar bien justo antes de un tema de música clásica reinterpretado por Yandel.
La línea que antes separaba lo culto de lo popular, lo alternativo de lo comercial o lo latino de lo global, ha comenzado a desdibujarse. No como pérdida de identidad, sino como forma de expansión.
Del estigma al aplauso: lo que antes era ruido hoy es forma
Hubo un tiempo en el que el reggaetón fue rechazado de los Latin Grammys y la música electrónica latinoamericana se mantenía al margen del circuito cultural formal. Pero ese margen ya no existe como antes: se ha ensanchado, ha crecido y ha ganado legitimidad.
Hoy, géneros nacidos en la informalidad creativa —el trap en SoundCloud, el reggaetón en cassettes callejeros, los corridos tumbados desde canales de YouTube— han alcanzado el reconocimiento institucional, sin perder su raíz. Feid desfila en París, Yandel canta con orquesta, y El Bogueto comparte cartel con artistas de pop.
Este tránsito no es un acto de “validación” por parte de las élites, sino una muestra de cómo el poder cultural se ha redistribuido.
El oído que cambió: oyentes que no se casan con nadie
El fenómeno más potente de esta transformación no está solo en los artistas, sino en las audiencias. El multigénero ya no es una excepción: es norma. Un informe de IFPI en 2023 reveló que más del 60 % de los jóvenes escucha regularmente cinco o más géneros musicales, y las cifras de plataformas como Spotify y TikTok refuerzan esta convivencia sonora constante.
El algoritmo ha jugado su parte, claro. Pero también el hartazgo por las etiquetas, la mezcla de culturas, el acceso sin jerarquías a catálogos globales y una necesidad emocional de que la música hable de muchas cosas al mismo tiempo: cuerpo, identidad, goce, protesta, herencia, deseo, raíz.
Escenarios compartidos, públicos cruzados
Basta mirar los festivales. En eventos como el Flow Fest, la misma noche puede sonar dembow, regional mexicano, electrónica afrocaribeña y trap experimental. En redes, los fans replican estos saltos sin cuestionarlos. ¿Por qué no bailar a perreo para luego llorar con un unplugged? ¿Por qué no mezclar un beat tumbado con un violín barroco?
La profesionalización de los géneros urbanos también ha facilitado estos encuentros: ya no hay una diferencia técnica entre lo que suena en un estadio y lo que se graba en un cuarto. Todo puede ser sofisticado, todo puede ser arte.
¿Y ahora qué?
El futuro no parece ser de la pureza, sino del mestizaje. En el presente, no hay una sola idea de lo que “vale la pena”. La música hecha en barrios de República Dominicana, en estudios de Monterrey o en computadoras de bedroom producers en Bogotá tiene el mismo potencial de emocionar, retumbar y resonar que cualquier otro gran proyecto global.
Hoy, más que nunca, ser oyente es un acto creativo: no consumimos géneros, construimos relatos. Y en esa construcción, todo lo que antes se consideró marginal ahora tiene el centro como escenario.


