La práctica del crate‑digging ha evolucionado del vinilo físico a las vastas bibliotecas digitales, pero su esencia —la búsqueda de sonidos con significado— sigue viva y transformadora. En América Latina, productores y artistas están recontextualizando músicas tradicionales, grabaciones ambientales y fragmentos patrimoniales para generar una identidad sonora híbrida, que cruza folklore, electrónica, paisaje y memoria colectiva.
El crate‑digging digital: de la búsqueda física a la recolección cultural
La noción de crate‑digging nació en el hip‑hop de los 70 y 80, cuando DJs rebuscaban cajas de vinilos en tiendas y mercados en busca de breaks, rarezas o cumbres olvidadas para samplear. Ese gesto físico hoy convive con la búsqueda digital de sonidos en archivos, grabaciones de campo, bases patrimoniales y fragmentos culturales que pueden ser traídos desde cualquier rincón del mundo contemporáneo.
Pero en América Latina no se trata solo de encontrar fragmentos raros. La práctica contemporánea se ha convertido en un ejercicio de reescritura cultural y sonora: sonidos tradicionales de tambor, canto, viento, agua o aves se transforman y se ensamblan con tecnología digital para crear narrativas que vinculan pasado, presente y futuro.
El paisaje sonoro como identidad: artistas que escuchan la tierra
Una de las manifestaciones más interesantes del crate‑digging digital en el continente es el uso de grabaciones de campo como parte integral de la composición musical. En lugar de ser una ornamentación, estos sonidos funcionan como estructuras rítmicas y armónicas.
- Pedro Canale (Chancha Via Circuito), uno de los pioneros de la cumbia digital, mezcla elementos tradicionales de música folclórica sudamericana con electrónica y texturas ambientales profundas. Su álbum Rio Arriba es un ejemplo paradigmático, con uso de instrumentos tradicionales como quenas o flautas pan que interactúan con beats y ambientes introspectivos, sugiriendo paisajes sonoros y evocando el imaginario de las montañas y ríos de Sudamérica.
- Luis Maurette (Uji) ha documentado cómo la inserción de grabaciones naturales, como el sonido de ríos y animales, se convierte en ritmo y textura en sus piezas electrónicas. Para artistas como él, estas grabaciones son elementos de composición tan relevantes como un sintetizador o una caja de ritmos.
- Mati Zundel (Lagartijeando) combina música folklórica de Bolivia y Perú con electrónica contemporánea. Su trabajo recontextualiza ritmos tradicionales y los mezcla con texturas electrónicas, creando una música que respira tanto las tradiciones antiguas como la vanguardia sonora.
Más allá de la pista: artistas ampliando la escena experimental
El uso de sampling, paisajes sonoros y texturas ambientales también se percibe en escenas más experimentales dentro de la identidad sonora latinoamericana:
- Sol Rezza, compositora y diseñadora de sonido argentina, integra síntesis granular y muestras de voz con procesamiento electrónico en sus piezas, explorando narrativas que van del ruido a lo documental en su obra.
- Damián Anache, compositor y artista sonoro argentino, utiliza síntesis digital en tiempo real y grabaciones propias para crear mundos tímbricos que desafían las categorías tradicionales de la música electrónica, acercándose a lo electroacústico y experimental. Su álbum Lento, en un jardín reticular explora estos conceptos con una aproximación que descompone y reconstruye sonidos ambientales.
- En escenas emergentes, artistas como OVSICORI (Costa Rica) o proyectos que han aparecido en compilaciones de ambient experimental latinoamericano demuestran cómo sonidos de naturaleza, intervenciones humanas y arte sonoro pueden coexistir como paisajes simbólicos que hablan de identidad, territorio y memoria.
El significado cultural detrás del gesto sonoro
Lo que estos artistas están haciendo no es simplemente tomar sonidos y ponerlos juntos. Están reconectando identidad, memoria y territorio a través del sonido. Esto tiene implicaciones profundas en cómo entendemos la música latina:
- No se trata solo de sonar “latino” —la idea es sentir un vínculo con paisajes, historias y procesos culturales específicos, reinterpretados con herramientas contemporáneas.
- La música se convierte en archivo activo de memoria cultural, permitiendo que sonidos de ecosistemas, lenguas o comunidades vivan dentro de nuevas formas estéticas.
- Estas prácticas también cuestionan las jerarquías globales de valor musical, proponiendo que identidades sonoras no occidentales, no industrializadas, tengan lugar en la escena mundial.


