Cuando Betty Boop, Nancy Drew y “Georgia on My Mind” dejan de pertenecer a una sola época: las obras que entran al dominio público en 2026 — y lo que significa en cada país

Cuando Betty Boop, Nancy Drew y “Georgia on My Mind” dejan de pertenecer a una sola época: las obras que entran al dominio público en 2026 — y lo que significa en cada país

Cada primero de enero ocurre algo similar a abrir una ventana en una casa antigua: entra aire nuevo, pero también se levanta polvo del pasado. Ese día, silenciosamente y sin ceremonia, una parte de la historia cultural deja de estar bajo candado legal y pasa al dominio público. En 2026, ese gesto simbólico libera un conjunto particularmente significativo de obras publicadas en 1930 —desde los primeros libros de Nancy Drew hasta composiciones como Georgia on My Mind, pasando por las primeras encarnaciones animadas de Betty Boop y Blondie.

De pronto, estas obras dejan de pertenecer a un sistema de propiedad intelectual y regresan al territorio compartido de la imaginación colectiva. El dominio público, como concepto, es una restitución silenciosa: el regreso de la cultura a quienes la habitan.

Una liberación legal con geografía desigual

Pero, como casi siempre ocurre con la cultura, nada es tan simple como abrir una puerta. El dominio público no entra en vigor al mismo tiempo en todo el mundo. Depende de legislaciones, plazos históricos y reformas políticas que reflejan cómo cada país entiende —y protege— la memoria cultural.

En Estados Unidos, estas obras ahora quedan libres tras 95 años desde su publicación, un plazo establecido por la extensión de la Ley de Derechos de Autor. La regla aplica para libros, música, películas, y otras formas de expresión registradas oficialmente.

En Europa, sin embargo, la regla dominante no mira el año de publicación, sino el de la muerte del autor: allí las obras se liberan 70 años después del fallecimiento, lo cual significa que varios de estos títulos icónicos aún permanecen protegidos.

En México, el plazo es todavía más extenso —vida del autor más 100 años— una protección que prolonga la exclusividad pero también retrasa su retorno al patrimonio común. En Canadá y Reino Unido, el estándar de vida + 70 genera zonas intermedias: algunas composiciones pueden acceder antes, otras tardarán décadas en hacerlo.

Así, lo que parece un acto simultáneo —la liberación de «lo clásico»— ocurre realmente como una secuencia desigual en el mapa. El dominio público no avanza como un rayo: avanza como una conversación larga.

Las obras más icónicas que se liberan

Este año, en Estados Unidos, cualquier creador puede reinterpretar:

  • Las primeras novelas de Nancy Drew, protagonizadas por una joven detective que rompió moldes de género en la literatura juvenil.
  • Las primeras versiones de Betty Boop y Blondie, figuras pioneras en la animación femenina y cómica.
  • Películas como All Quiet on the Western Front, una de las primeras adaptaciones cinematográficas antibelicistas.
  • Standards musicales como:
    • “Georgia on My Mind”, de Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell
    • “Dream a Little Dream of Me”, inmortalizada por varios artistas a lo largo de los años
    • “I Got Rhythm” de George y Ira Gershwin

Todo esto puede ahora ser reinterpretado sin pedir licencia, sin pagar regalías —aunque respetando que solo sus versiones de 1930 están libres, mientras adaptaciones posteriores siguen protegidas.

El dominio público como motor creativo

Hay algo profundamente humano en este momento. No solo se libera una obra: se libera la posibilidad de recontarla.

Compositores podrán tomar “Georgia on My Mind” y transformarla en bolero, jazz experimental o corrido eléctrico. Artistas digitales podrán reimaginar a Betty Boop en el presente —latina, migrante, futurista, transgresora— siempre y cuando dialoguen con su versión original. Escritoras jóvenes podrán devolver a Nancy Drew a territorios donde nunca antes fue escrita.

El dominio público no borra el pasado: lo reactiva.

Lo convierte en un palimpsesto donde lo que fue se reescribe con el pulso de lo que ahora somos.

Para creadores y creadoras, para educadores, para quienes defienden la accesibilidad del arte, este 1 de enero es también una celebración silenciosa: un brindis con historia.

Una historia que, por fin, vuelve a estar en nuestras manos.

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