El ruido de los grandes éxitos… y lo que pasa debajo
Si uno se queda con los titulares, la industria musical parece vivir un momento inmejorable. Regresos masivos, giras históricas, récords de asistencia y ceremonias que celebran a figuras globales como Bad Bunny, Harry Styles o Billie Eilish.
Sin embargo, debajo de ese pequeño porcentaje de artistas que concentran atención mediática, algo más profundo está ocurriendo: la manera en que escuchamos música está cambiando, y con ella, el peso real de los lanzamientos nuevos.
No es una crisis.
Es un ajuste de ritmo.
El punto de quiebre: más catálogo que novedad
Durante 2025 se alcanzó un hito en el mercado estadounidense: más del 75% de todas las reproducciones de audio correspondieron a música de catálogo, es decir, canciones con más de 18 meses de antigüedad.
El dato no solo marca un cambio porcentual. Marca un cambio de comportamiento. Incluso con más personas escuchando música y más tiempo de reproducción total, la música nueva perdió volumen real de escucha frente al año anterior.
El catálogo dejó de ser fondo. Pasó a primer plano.
No es nostalgia: es permanencia
Este fenómeno no implica que el público haya abandonado la música reciente. De hecho, casi la mitad de lo que se escucha hoy fue lanzado después de 2020. Lo que cambió es la velocidad con la que lo nuevo desplaza a lo anterior.
Las canciones ya no viven ciclos tan cortos. Permanecen. Vuelven. Se reactivan en playlists, videos, series, redes sociales. El streaming funciona cada vez más como biblioteca viva que como carrera semanal por la novedad.
Cinco años ya no se sienten tan nuevos
Uno de los movimientos más claros se dio en la música lanzada en los últimos cinco años. En solo doce meses, ese bloque perdió una porción relevante del mercado de streaming en Estados Unidos.
Traducido a escala: decenas de miles de millones de reproducciones se desplazaron desde música reciente hacia lanzamientos más antiguos. No porque lo nuevo desaparezca, sino porque convive con demasiadas opciones activas al mismo tiempo.
Qué décadas están ganando — y por qué
El crecimiento del catálogo no es uniforme. Las décadas que más terreno recuperaron fueron los años ochenta y noventa, seguidas por los dos miles. Esto explica por qué el interés por grandes catálogos de artistas como Metallica, Red Hot Chili Peppers u Oasis volvió a ocupar el centro de las conversaciones estratégicas del negocio.
La lógica es clara: en un mercado fragmentado, lo que ya demostró longevidad se vuelve un activo clave.
El catálogo latino también sostiene el presente
Este cambio no es exclusivo del mundo anglosajón. En el ecosistema latino, el catálogo lleva años funcionando como memoria activa, no como archivo pasivo.
El repertorio de Juan Gabriel mantiene una presencia constante en streaming, alimentado tanto por nuevas generaciones como por su circulación permanente en celebraciones, homenajes y contenidos digitales.
Algo similar ocurre con Selena, cuya música sigue encontrando nuevas audiencias a través de playlists editoriales, redes sociales y consumo intergeneracional.
En el rock en español, los catálogos de Soda Stereo y Gustavo Cerati continúan funcionando como puerta de entrada para oyentes jóvenes, especialmente fuera de América Latina, donde el streaming facilita una escucha constante y descontextualizada.
El pop latino ofrece otro caso claro: los discos en español de Shakira previos a su explosión global viven una segunda vida sostenida, no desde la nostalgia, sino desde su integración natural al consumo actual.
Y en el caso de Luis Miguel, el catálogo se consolidó como eje central tras el impacto cultural de su serie biográfica, demostrando cómo el streaming puede reactivar una obra completa sin necesidad de nuevo material inmediato.
Menos megahits, más escucha repartida
Otro síntoma del cambio es la dificultad para que una sola canción domine el año completo. Los hits existen, pero concentran menos escucha que en la década pasada.
Incluso las canciones más reproducidas de 2025 quedaron por debajo de los picos de años anteriores. El Top 10 anual representó una fracción menor del total de escuchas, aun cuando la cantidad de oyentes siguió creciendo.
El mercado no se achica: se dispersa.
Un cambio silencioso, no una alarma
Hablar del auge del catálogo no es anunciar el fin de la música nueva. Es reconocer que la cultura musical se volvió menos vertical y más acumulativa.
La pregunta ya no es solo cuál será el próximo hit, sino cuánto tiempo logra quedarse y en qué contextos vuelve a activarse.
En ese escenario, la música no envejece: circula, se resignifica y se hereda.
¿La música nueva está perdiendo relevancia?
No, pero comparte el espacio con un volumen mucho mayor de canciones activas.
¿El catálogo reemplaza a los lanzamientos nuevos?
No. Los complementa y estabiliza el consumo.
¿Este fenómeno afecta a artistas emergentes?
Cambia el juego: las carreras tienden a ser más largas y menos dependientes del impacto inmediato.


