Con Un destello de luz (2026), Adiós Cometa entrega un álbum que transita con valentía entre la aspereza sonora y la introspección emocional. Grabado y mezclado por Pablo Ocampo en Miut Audio (Costa Rica) y editado por sellos independientes de tres países, el disco se abre como un espacio sonoro sin atajos: guitarras angulares, reverbs expansivos, capas ambientales y una sensibilidad que fluye entre el peso de la memoria, el miedo y la promesa de la esperanza. Este segundo álbum —estructurado en dos mitades que combinan intensidad y contemplación— no solo demuestra la madurez del proyecto, sino que plantea una escucha sólida para quienes buscan música que se sienta vivo y que dialogue con experiencias íntimas.
Un trayecto que mira hacia adentro
Desde su álbum debut Nuestras Manos Son Incendios (2024), Adiós Cometa se había consolidado como una voz esencial del shoegaze alternativo latinoamericano —una escena que privilegia atmósferas densas, reverbs envolventes y paisajes sonoros que favorecen la reflexión. Un destello de luz da un paso más: suena más íntimo y más deliberado, como si cada nota hubiera sido colocada con la intención de hacer sentir, no solo escuchar.
El disco se despliega en dos secciones claras: una primera mitad que transita con una energía directa, abrasiva en su honestidad, y una segunda mitad que busca deliberadamente ralentizar la respiración del oyente, sumergiéndolo en territorios más introspectivos y texturales. Esta estructura no es casual: refleja un viaje emocional que va de la confrontación (ruido y presencia) a la contemplación (sombra y memoria).
Un sonido que vive entre la aspereza y la delicadeza
Desde la apertura instrumental Y De Reojo, Un Resplandor, el álbum establece una tensión constante entre texturas densas y espacios de aire. Las guitarras se perciben corpóreas, casi físicas, mientras que las capas de reverb y delay generan una sensación de espacio ampliado, como si el sonido no solo llenara la habitación, sino también la memoria de quien escucha.
En temas como Candelaria y Una Vida En Otra Parte, esa densidad no se siente opresiva, sino anticipatoria: hay un pulso que late debajo del ruido, un ritmo que marca tanto el paso del tiempo como el peso de las experiencias que las letras y los arreglos expresan.
La segunda mitad —con piezas como Quema La Memoria y Mala Memoria— se hunde en pasajes más ambientales y lentos, espacios donde cada nota parece pensada para invocar la introspección. Aquí, el ruido no compite con el silencio; convive con él. Las guitarras se tornan ecos, y la percusión deja más espacio para que respiraciones y texturas se vuelvan protagonistas.

Colaboraciones que amplifican la carga emocional
Las colaboraciones en el álbum no se sienten como adiciones decorativas, sino como fuerzas que amplifican y complementan la narrativa central:
- Lucía Masnatta (Fin del Mundo) en El Mundo En Mis Brazos (Leonor) aporta una presencia vocal que irrumpe como una confesión: su voz se siente cercana, casi como un diálogo íntimo en el que convergen ternura y añoranza.
- Amanda Murillo (A su ladera) transforma Quema La Memoria en un momento que oscila entre lo etéreo y lo visceral, desplazando la canción hacia espacios de emoción casi tangible.
- María Paula Vásquez (Encarta 98) en Mala Memoria agrega una textura delicada, una sensibilidad que contrapone la densidad instrumental con un centro lírico que duele y brilla al mismo tiempo.
- Joaquín Vanrafelghem (montegrande) introduce el saxofón en el cierre de Mala Memoria, un gesto poco común en shoegaze y post‑punk que, sin embargo, encaja con naturalidad en ese momento, elevando la canción hacia un clima introspectivo que roza lo cinematográfico.
Estas voces no diluyen la identidad del proyecto; la expanden, mostrando que la música de Adiós Cometa no teme dialogar con otras sensibilidades sin perder coherencia.
Narrativas que cruzan lo personal y lo existencial
Uno de los aciertos más notorios de Un destello de luz es su capacidad para conjugar lo personal con lo universal. Las letras y las atmósferas no se esconden detrás de metáforas herméticas: ponen sobre la mesa la memoria, la pérdida, la responsabilidad de dejar un legado, la soledad y la esperanza. Que cuatro de los cinco integrantes sean padres no es un dato anecdótico; es una condición vital que atraviesa la mayoría de los temas, dotándolos de una sinceridad sin maquillajes.
Escuchar este disco es sentir que cada canción es un espejo en el que se devuelven preguntas sobre qué significa sostenernos frente a la adversidad y qué parte de nosotros mismos dejamos en el camino.
Este álbum funciona en múltiples niveles. Puede ser un fondo emocional para momentos de introspección —con sus pasajes ambientales permitiendo que el oyente se pierda en sus propios pensamientos—, pero también es música con presencia y textura, con capas que emergen incluso cuando se le presta atención total. La forma en que Adiós Cometa maneja las dinámicas —entre ruido contenido y fragilidad pura— hace que este disco no solo se escuche, sino que se sienta.
No es solo un ejercicio estético: es un recorrido por emociones que habitamos cotidianamente pero que pocas veces articulamos con tanta claridad sonora.
Una proyección internacional en expansión
Editado por sellos independientes con presencia en tres continentes —Spinda Records (España), Steadfast Records (EE. UU.) y Furia (Costa Rica)— Un destello de luz se lanza en vinilo (tres variantes limitadas), CD y cassette, reafirmando la apuesta por formatos físicos que convoquen a la escucha atenta y comunitaria.
Las fechas confirmadas de giras, tanto en Latinoamérica como en Europa para el segundo semestre de 2026, no solo anuncian promoción de álbum, sino una consolidación de su práctica artística: una banda que ha pasado de abrir escenarios para proyectos emblemáticos a llevar su propio universo sonoro a audiencias más amplias.


