Punk en reconstrucción: la estética inquieta de A$AP Rocky en Punk Rocky

Punk en reconstrucción: la estética inquieta de A$AP Rocky en Punk Rocky

En Punk Rocky, A$AP Rocky no solo revisita los lenguajes del punk desde el hip-hop contemporáneo. Va un paso más allá: convierte el desamor en espectáculo estético, el dolor íntimo en performance alegórico, y la figura del artista en una multiplicación de identidades que coexisten —y colapsan— dentro del mismo cuerpo narrativo.

El video —co-dirigido por Rocky junto con Folkert Verdoorn y Simon Becks— opera en clave surrealista. Es caótico pero preciso, fragmentado pero deliberado. La lógica narrativa no responde al tiempo lineal sino al de la memoria emocional: imágenes que vuelven, rostros que se duplican, personajes que parecen existir y desaparecer dentro del propio imaginario del artista.

El resultado es una puesta en escena que no busca representar la realidad del desamor, sino su distorsión psicológica. Un corazón roto como ecosistema visual.

La canción, que forma parte de su próximo álbum Don’t Be Dumb, se construye desde la confesión romántica. Rocky canta a un amor que se quiebra, a la frustración de repetir una y otra vez la misma caída emocional, a la duda de si lo que llamó “amor” alguna vez realmente lo fue. Hay líneas que suenan íntimas y vulnerables —“Sometimes I forget what love is”, “I wanna fall in love, don’t want no broken heart”— pero lejos del drama solemne, la letra oscila entre la tristeza y la ironía. A veces el dolor es genuino; otras, parece reírse de sí mismo. Eso crea una tensión interesante: la canción sufre… mientras el video convierte ese sufrimiento en espectáculo.

Una de las imágenes más potentes —y quizá la más extraña— es el ojo morado que, de pronto, se transforma en unos labios que cantan. Es la herida convertida en voz. El golpe en el rostro convertido en metáfora del desamor. Es surrealismo puro, pero no gratuito: Rocky sugiere que el dolor no solo se vive, también se interpreta, se sobreactúa, se convierte en algo que puede ser observado desde afuera. El corazón roto no se esconde; se convierte en escenografía.

En medio de ese universo caótico aparece Winona Ryder. Su presencia no es anecdótica ni decorativa. Funciona como una figura cultural cargada de memoria: fragilidad, melancolía, introspección, personajes marcados por el conflicto emocional. Aquí no domina la escena; la habita. Su sola expresión introduce una calma inquietante en medio del caos visual, como si fuera testigo silenciosa de la catástrofe sentimental que se despliega frente a ella. Winona no explica nada, pero su rostro añade un peso emocional que el video no verbaliza.

La pieza también juega con la identidad de Rocky a través de sus múltiples alter egos —GR1M, BABUSHKA BOI, SHIRTHEAD, DUMMY— que aparecen como distintas versiones de sí mismo atrapadas en el mismo colapso afectivo. Más que fragmentarlo, lo desarman. Cada personaje parece representar una respuesta distinta al desamor: arrogancia, vulnerabilidad, rabia, autoparodia. El video no solo cuestiona el ego masculino, también se burla de él. La figura del artista atormentado no es romantizada; es expuesta, exagerada y llevada al borde de la caricatura.

La sátira atraviesa toda la pieza. Rocky llora, pero también se ríe de su propio llanto. Confiesa dolor, pero señala cómo ese dolor también puede convertirse en pose. Cuando canta “Got me crying in the microphone / Let me shout on the megaphone”, parece reconocer que su tristeza ya no existe solo en su intimidad; vive amplificada, reproducida, convertida en imagen. En esa tensión —entre lo que siente y lo que escenifica— se sostiene gran parte del sentido del video.

Visualmente, Punk Rocky opera como una pesadilla estilizada. La cámara tiembla, los colores chocan, los cortes son abruptos, pero nada es improvisado. Es un caos dirigido, una estética que incomoda sin perder control. El surrealismo no pretende confundir, sino trasladarnos a la lógica emocional del protagonista: una mente saturada, vulnerable, excesiva, que no sabe si está sufriendo, actuando… o ambas cosas.

La canción parte del desamor, pero el video plantea una pregunta más grande: ¿cómo se vive el dolor en una época donde todo —incluso la herida— puede convertirse en imagen? Rocky no responde; interpreta. Multiplica sus máscaras. Se observa desde afuera. Se golpea en metáfora. Se convierte en personaje de su propio colapso sentimental.

Punk Rocky no romantiza el corazón roto, pero tampoco lo banaliza. Lo vuelve incómodo, extraño, teatral, y al mismo tiempo profundamente humano. No es una canción sobre alguien que sufre en silencio —es el retrato de alguien que sufre, se mira sufrir… y convierte esa experiencia en un universo surrealista donde la herida canta, el ego se satiriza y el amor perdido regresa como un fantasma que no acaba de irse.

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