Han pasado 25 años desde que Gorillaz debutó como una “broma conceptual” salida de la mente de Damon Albarn y Jamie Hewlett. Hoy, en una industria donde las bandas virtuales conviven con idols animados y cantantes generados por IA, el experimento parece menos irónico y más profético. Con The Mountain, su noveno álbum de estudio, el proyecto no solo celebra su permanencia: la pone en tensión.
Por: Ulises Sanher
Inspirado por un viaje a India y atravesado por la muerte —ambos creadores perdieron a sus padres con pocos días de diferencia—, el disco funciona como una meditación sobre el duelo que se niega a sonar derrotada. La montaña del título no es solo geográfica ni espiritual: es emocional.
Y, contra todo pronóstico, también es bailable.

Un álbum habitado por fantasmas
Uno de los gestos más audaces del disco es su diálogo con voces del pasado. Albarn rescata grabaciones inéditas de colaboradores fallecidos como Tony Allen, Mark E. Smith y Proof (D12), integrándolas en nuevas composiciones sin que suenen como reliquias. En “The Manifesto”, el verso póstumo de Proof convive con el argentino Trueno en un cruce generacional que no se siente oportunista, sino orgánico.
Es aquí donde Gorillaz vuelve a ser Gorillaz en su mejor versión: un laboratorio donde geografías, tiempos y escenas se superponen.
Presencia latina: no accesorio, sino pulso
Si algo distingue a The Mountain dentro del catálogo del grupo es su resonancia latinoamericana. La participación de Trueno en “The Manifesto” no es anecdótica: su intervención sostiene el corazón narrativo del tema, reflexionando sobre la vida después de la muerte con una cadencia grave y frontal.
Por otro lado, “Orange County” sorprende con metales que evocan el regional mexicano, un detalle sutil pero significativo en un disco que ya dialoga con India, el dub, el disco y el post-punk. No es un gesto folclórico ni una apropiación superficial; es una integración sonora que amplía el mapa emocional del álbum.
En un momento donde la música latina domina el mercado global —y especialmente el circuito US Latin—, Gorillaz no se suma a la tendencia: la incorpora dentro de su arquitectura conceptual.
India como textura, no como postal
El álbum despliega sitar, bansuri, tambura y colaboraciones con figuras como Anoushka Shankar. Sin embargo, el uso de estos elementos oscila entre lo profundo y lo ornamental. En piezas como “The Empty Dream Machine” o “Plastic Guru”, la instrumentación dialoga con la estructura; en otras, parece quedar como textura estética.
Es una tensión constante en el disco: cuando la ambición conceptual supera la sustancia emocional.
Los puntos más altos
“The Hardest Thing”, con loops de Tony Allen, es uno de los momentos más logrados. Funciona como pausa reflexiva antes de la luminosa “Orange County”. La frase “The hardest thing is to say goodbye to someone you love” se repite con insistencia, pero lo que podría haber sido un cliché se salva por la producción y el contraste melódico.
“The Manifesto” es el núcleo épico del álbum. Siete minutos que condensan archivo, duelo y colaboración internacional. No es solo una canción: es una declaración de método.
“The God of Lying”, con Joe Talbot (Idles), añade densidad política sin abandonar el pulso rítmico.
Cumbre tardía?
The Mountain no es perfecto. Hay momentos donde el peso conceptual aplasta la espontaneidad y la producción se vuelve excesiva. Pero, como conjunto, logra algo que los discos recientes del grupo no siempre conseguían: coherencia.
Se siente más como un álbum que como una playlist de invitados de lujo.
A 25 años de su debut, Gorillaz no solo siguen siendo relevantes: siguen arriesgando. En una era donde la nostalgia suele convertirse en fórmula, Albarn y Hewlett optan por el duelo como motor creativo.
La montaña no se mueve por completo. Pero vibra.
Y eso, a esta altura de su carrera, es más que suficiente.


