Por: Ulises Sanher
Hay perfumes que buscan seducir. Otros, fijar una atmósfera. Ronroco, la colaboración entre Julián Bedel y Gustavo Santaolalla, intenta algo más extraño y más difícil: traducir una vibración. La fragancia nace del instrumento andino que ha acompañado parte esencial del imaginario sonoro de Santaolalla y del trabajo de Bedel al frente de Fueguia 1833, la casa de perfumería que ha construido buena parte de su identidad alrededor de botánicos sudamericanos, precisión técnica y una idea del aroma como archivo cultural. En este cruce, el perfume deja de ser accesorio y se acerca a otra cosa: una pieza de interpretación. No se trata solo de oler madera, resina o cedro. Se trata de preguntarse si una música puede sobrevivir fuera del oído y si la memoria de un instrumento puede reaparecer en la piel.
El perfume como traducción
Lo primero que vuelve interesante a Ronroco es que no nace de una celebridad buscando extender su marca. Nace de una obsesión más vieja y menos fácil de empaquetar: la posibilidad de traducir la identidad material de un instrumento a otro lenguaje sensorial. En entrevistas recientes, Santaolalla ha explicado que el perfume parte de una extracción realizada sobre su propio ronroco, con el deseo de captar las notas de cedro, pino abeto y otros componentes que habitan el cuerpo del instrumento. Bedel, por su parte, llega a esta colaboración desde una trayectoria donde el perfume se entiende menos como ornamento que como retrato. Antes ya había trabajado con la idea de perfumar la memoria de un Stradivarius y la guitarra de Leonard Cohen.
Ahí aparece la primera pregunta seria del proyecto: ¿qué significa extraer el olor de un instrumento? No solo su madera, no solo su barniz, no solo la resina o el desgaste del tiempo, sino aquello que el instrumento acumula al haber sido tocado durante años por una misma persona. Un ronroco no es solamente un objeto sonoro. Es una extensión física de una forma de pensar la música. En el caso de Santaolalla, ese instrumento ya no puede separarse de una sensibilidad entera: la introspección, el remanso, la espiritualidad no como consigna, sino como estado de escucha y la constante identitaria que caracteriza su música.
La materia de una emoción
En ese sentido, Ronroco no intenta oler a canción. Intenta oler a la materia que hizo posible una cierta clase de canción. Esa diferencia es importante. Un perfume puede copiar acordes sentimentales muy básicos —nostalgia, calidez, seducción, silencio—, pero aquí el gesto parece más específico. Se trata de llevar al olfato la fisicidad de un instrumento andino cuya voz se volvió inseparable del universo de Santaolalla desde hace décadas, y cuyo álbum Ronroco, publicado en 1998, terminó funcionando como punto de inflexión en su trayectoria. Años después, ese disco seguía siendo leído por él mismo como una obra ligada a la introspección y a cierta búsqueda espiritual; incluso ha dicho que en tiempos de ruido y confrontación, esa música todavía invita a mirar hacia adentro.
Eso ayuda a entender por qué este perfume no debería leerse solo como una pieza de lujo. Su materia prima no es únicamente botánica: también es simbólica. Lleva dentro la pregunta por cómo se conserva una emoción. Un acorde desaparece en el aire en cuanto termina de sonar. Un aroma también es fugitivo. Quizá por eso la asociación entre música y perfume se vuelve aquí tan potente: ambos existen en esa zona donde la experiencia ocurre y se desvanece casi al mismo tiempo, dejando apenas una marca en la memoria.
Ciencia, artesanía y una idea de Sudamérica
También hay algo revelador en que este proyecto ocurra entre Santaolalla y Julián Bedel. Fueguia 1833 no ha construido su lenguaje desde el perfume como fantasía europea importada, sino desde una relación bastante precisa con materias primas, paisajes y narrativas de Sudamérica. Bedel fundó la casa después de instalar su centro en Milán, pero con una sensibilidad muy orientada a botánicos y resinas del continente. Santaolalla, por su parte, lleva décadas pensando la identidad latinoamericana no como museo folclórico, sino como una energía viva que puede cruzarse con el rock, el cine, el neotango o la experimentación sin perder densidad. Que ambos se encuentren en un objeto llamado Ronroco parece menos una coincidencia que una consecuencia lógica.
En ese encuentro, la ciencia no aparece como gesto frío, sino como herramienta para acercarse mejor a un misterio. La extracción molecular de una madera o de una resina puede sonar a laboratorio puro, pero el resultado no busca neutralidad analítica. Busca una emoción. Busca capturar algo de ese “mojo” que Bedel ha asociado al olor de los instrumentos viejos: esa idea de que, además de estar bellamente construidos, cargan una energía que altera la relación del músico con lo que toca. Puede sonar esotérico, pero no lo es del todo. Cualquiera que haya tenido un instrumento amado en las manos sabe que su olor también participa del vínculo.

No una mercancía, sino un umbral
Lo más fértil de Ronroco quizá esté en que desplaza la conversación sobre el perfume hacia un lugar menos utilitario. No se presenta solo como algo que alguien “usa”; se presenta como un umbral. Como una experiencia que acompaña la meditación, la introspección, el recogimiento creativo. Eso lo vuelve raro en el mejor sentido. En un mercado saturado de fragancias que prometen poder, deseo o estatus instantáneo, Ronroco parece querer otra cosa: abrir una habitación interior.
Ahí la colaboración toca una fibra más profunda. Tanto Santaolalla como Bedel trabajan, cada uno a su manera, con artes de la evocación. Uno construye paisajes sonoros que muchas veces parecen provenir de una memoria anterior a las palabras. El otro crea presencias, materiales, rastros. Lo que comparten es una misma confianza en que la emoción no necesita explicarse del todo para ser verdadera. Y esa confianza es, en sí misma, una forma de arte.
Lo que queda cuando termina la nota
Quizá la mejor manera de leer Ronroco sea no como perfume inspirado en un músico, sino como experimento serio sobre la permanencia. ¿Qué puede sobrevivir de una música cuando se la separa del sonido? ¿Qué parte de un instrumento sigue hablando cuando ya no vibra? La respuesta de Bedel y Santaolalla no es conceptual; es sensorial. Está en la madera, en la resina, en la atmósfera, en la piel. Está en hacer que algo tan fugaz como una vibración encuentre otra vida en algo igual de efímero: un aroma.
Y tal vez ahí esté su verdadero acierto. Ronroco no resuelve el enigma. Lo preserva.


