Dolores Huerta murió este miércoles 28 de octubre en su casa de Bakersfield, California, a los 96 años. Hasta meses antes seguía apareciendo en movilizaciones y actos públicos del Valle Central, la región donde buena parte de su vida política había tomado forma y donde continuó trabajando con organizaciones comunitarias después de convertirse, desde hacía décadas, en una figura histórica de los derechos civiles estadounidenses.
Su nombre quedó asociado para siempre con “Sí, se puede”, una frase que salió del movimiento campesino, atravesó sindicatos y organizaciones migrantes y terminó incorporada al vocabulario político internacional. La dimensión real de su trabajo fue mucho más extensa: Huerta pasó más de siete décadas organizando trabajadores agrícolas, negociando contratos colectivos, registrando votantes, impulsando legislación, defendiendo derechos de inmigrantes y abriendo espacios para mujeres latinas dentro de movimientos donde ellas hacían buena parte del trabajo sin ocupar necesariamente los lugares más visibles.
Nació como Dolores Clara Fernández el 10 de abril de 1930 en Dawson, Nuevo México. Después de la separación de sus padres creció en Stockton, California, con su madre, Alicia Chávez, quien administraba un hotel y un restaurante que recibían a trabajadores y familias de diferentes orígenes. Stockton era una ciudad atravesada por agricultura, migración y comunidades mexicanas, filipinas, japonesas, chinas y afroamericanas; ese entorno terminaría siendo inseparable de la manera en que Huerta entendió la organización política.
Se preparó como maestra y trabajó durante un breve periodo en escuelas de California. Ahí encontró una desigualdad que difícilmente podía resolverse dentro del salón: niños de familias campesinas llegaban con hambre, ropa insuficiente y las consecuencias directas de salarios agrícolas que mantenían a muchos hogares en pobreza. Huerta dejó la enseñanza y comenzó a trabajar con la Community Service Organization, participando en campañas de ciudadanía, registro electoral y derechos civiles.
En ese circuito conoció a César Chávez. Huerta creó la Agricultural Workers Association en 1960 y dos años después participó con Chávez en la fundación de la National Farm Workers Association, organización que más adelante, después de unirse con el Agricultural Workers Organizing Committee, desembocaría en United Farm Workers.
El movimiento campesino que transformó la agricultura californiana nunca fue obra de una sola figura. En 1965, trabajadores filipinos del AWOC iniciaron la huelga de la uva en Delano y la organización de Chávez y Huerta se incorporó poco después. La protesta terminó extendiéndose durante cinco años y produjo uno de los boicots laborales más importantes de Estados Unidos, llevando las condiciones de quienes cultivaban y recogían alimentos desde los campos de California hasta supermercados, universidades y hogares de todo el país.

Huerta tuvo un papel central en la parte menos visible y más complicada de aquella expansión. Coordinó el boicot en la Costa Este, desarrolló redes de apoyo lejos de California y se convirtió en una negociadora decisiva frente a los productores agrícolas. Aprendió legislación laboral y negociación colectiva mientras el movimiento avanzaba, hasta participar directamente en contratos que consiguieron mejores salarios, beneficios médicos y protecciones laborales para trabajadores que durante décadas habían permanecido fuera de buena parte de la legislación que protegía a otros sectores.
Su capacidad para convertir organización callejera en cambios legales fue una de las constantes de su carrera. Trabajó para extender el seguro estatal de discapacidad a los trabajadores agrícolas y tuvo un papel relevante en la aprobación de la California Agricultural Labor Relations Act de 1975, que reconoció el derecho de los campesinos del estado a organizar sindicatos y negociar colectivamente con sus empleadores.
“Sí, se puede” surgió unos años antes, en Arizona. En 1972, Huerta se encontraba allí intentando movilizar oposición contra una legislación que restringía las huelgas y los boicots agrícolas. Cuando algunos dirigentes latinos le respondieron que en ese estado no era posible organizar una campaña efectiva, la frase comenzó a circular entre los activistas como respuesta: “Sí, se puede”.
Décadas después, Barack Obama transformó la expresión en “Yes We Can” durante su campaña presidencial. Cuando le entregó a Huerta la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, reconoció públicamente la procedencia del lema. Para entonces, “Sí, se puede” ya pertenecía también a movimientos sindicales, migrantes y políticos que probablemente nunca habían estado cerca de los campos de Delano.
La vida pública de Huerta estuvo atravesada por ese tipo de organización directa y, en ocasiones, por violencia física. En septiembre de 1988 participaba en San Francisco en una protesta vinculada al boicot de uvas de United Farm Workers cuando policías dispersaron a los manifestantes. Huerta recibió golpes de macana que le fracturaron costillas y destrozaron el bazo; necesitó cirugía de emergencia y transfusiones de sangre.
La demanda derivada de aquella agresión terminó en un acuerdo de 825 mil dólares y contribuyó a cambios en los procedimientos policiales de San Francisco para el control de multitudes. Después de recuperarse, Huerta profundizó su trabajo alrededor de la participación política de las mujeres, una preocupación que ya estaba presente en su experiencia dentro del movimiento campesino y en la manera desigual en que dirigentes hombres y mujeres recibían reconocimiento.

En 1993 se convirtió en la primera latina incorporada al National Women’s Hall of Fame. Cinco años más tarde recibió el Eleanor Roosevelt Award for Human Rights y, después de dejar sus responsabilidades principales dentro de United Farm Workers, creó la Dolores Huerta Foundation en 2002 para desarrollar organización comunitaria en el Valle Central de California.
El método de la fundación conservó buena parte de lo aprendido durante las campañas agrícolas. Sus programas han trabajado en educación, vivienda, salud, derechos LGBTQ+, participación electoral, justicia ambiental, inmigración y formación de dirigentes comunitarios, con una estructura centrada en enseñar a los propios habitantes a intervenir en escuelas, juntas locales y decisiones públicas.
Huerta también participó durante décadas en movimientos por una reforma migratoria. Esa historia tenía una relación inmediata con el sindicalismo campesino: gran parte de las personas que recogían alimentos en California eran migrantes mexicanos y latinoamericanos cuya vulnerabilidad legal podía convertirse fácilmente en herramienta de explotación laboral. Durante sus últimos años continuó hablando sobre deportaciones, ciudadanía, derecho al voto y las condiciones de quienes trabajan en la agricultura estadounidense.
Su trayectoria obliga además a revisar la manera en que durante décadas se contó la historia de United Farm Workers. Chávez ocupó con frecuencia el centro del relato público mientras la contribución de Huerta quedaba presentada como acompañamiento, aun cuando había sido cofundadora, negociadora, estratega legislativa y organizadora nacional.
Esa historia adquirió otra dimensión en marzo de 2026, cuando Huerta declaró públicamente que Chávez la había abusado sexualmente durante los años sesenta y que dos encuentros dieron lugar a embarazos. Explicó que había mantenido silencio durante décadas porque temía que hacer pública aquella experiencia perjudicara al movimiento campesino y a una causa en la que había invertido buena parte de su vida. Chávez murió en 1993 y no pudo responder a las acusaciones; la Dolores Huerta Foundation respaldó públicamente a su fundadora después de la revelación.

El testimonio modificó una narrativa histórica que durante mucho tiempo había presentado a Chávez y Huerta principalmente como una sociedad política. También colocó su experiencia dentro de otra parte de su activismo: la defensa del liderazgo de las mujeres y la crítica a estructuras donde la lucha por justicia social podía convivir con desigualdades y abusos dentro de los propios movimientos.
Huerta había vivido suficientes capítulos de la política estadounidense como para convertirse en testigo de varias épocas. Estuvo junto a Robert F. Kennedy después de su victoria en las primarias demócratas de California en junio de 1968, minutos antes de que fuera asesinado. Fue arrestada más de veinte veces durante acciones laborales y civiles, atravesó el movimiento chicano, las campañas feministas, las grandes luchas migratorias de finales del siglo XX y el crecimiento político de una población latina que pasó de ser tratada como periferia electoral a convertirse en una parte decisiva de Estados Unidos.
Su biografía también permite medir cuánto cambiaron algunas de esas luchas. Cuando comenzó a organizar trabajadores agrícolas, muchas de las protecciones laborales que hoy parecen elementales no alcanzaban a quienes cultivaban y recogían alimentos. La posibilidad de negociar colectivamente, acceder a determinados beneficios o denunciar condiciones inseguras necesitó años de huelgas, boicots, legislación y negociación para convertirse en derecho.
Dolores Huerta dedicó su vida adulta a ese proceso. Sus mayores logros no quedaron únicamente en discursos o reconocimientos públicos, sino en contratos, leyes, comunidades organizadas y generaciones de activistas que aprendieron de sus métodos.
“Sí, se puede” seguirá siendo la frase que aparezca con mayor frecuencia al recordar su nombre. Su historia ofrece una definición bastante concreta de lo que significaba: identificar dónde estaba el poder, reunir a quienes carecían de él y organizar durante el tiempo necesario para modificar esa relación.



