El David Aguilar reúne 15 canciones en Vigente, su tercer “anti-álbum”, y convierte la ausencia de una narrativa única en una forma de coherencia. El disco atraviesa distintas épocas, geografías y sensibilidades de la música mexicana que aparecen como capítulos independientes. El resultado es un libro de cuentos donde cada historia termina antes de que la siguiente vuelva a cambiar el paisaje.
Escuchar Vigente de principio a fin se parece menos a seguir un disco que a abrir una antología. Una canción establece sus propias reglas, cuenta una historia, llega a su última página y desaparece. La siguiente puede proceder de otra década, otro paisaje y hasta otra idea de lo que entendemos por música mexicana. Quince veces ocurre ese pequeño reinicio. Lo mejor ,es que el libro nunca se desarma.
El David Aguilar llama a este tipo de trabajos “anti-álbumes”. Vigente es el tercero construido bajo esa lógica: la canción por encima del concepto, la versatilidad antes que la obligación de sostener un relato único. En teoría, una declaración así podría justificar cualquier dispersión. En la práctica ocurre algo más difícil: las piezas parecen inconexas y el disco permanece reconocible. Cambia el género, cambia la época evocada, cambia el lenguaje instrumental; la mano del compositor sigue ahí. Esa es la verdadera continuidad.
Aguilar entiende la canción como una forma suficientemente resistente para viajar. No necesita que las 15 piezas compartan vestuario para demostrar que pertenecen al mismo autor. La conexión está en otra parte: en la curiosidad melódica, en una escritura que disfruta doblar el lenguaje, en su relación con la tradición popular y, sobre todo, en la confianza de que una composición bien construida puede llegar muy lejos con pocos elementos.
Esa idea cobra especial sentido en un momento en que buena parte de la conversación internacional sobre música mexicana pasa por el crecimiento del regional mexicano. Vigente recuerda la amplitud de un territorio musical que nunca ha cabido dentro de una sola categoría. El David se mueve hacia distintos momentos de esa historia y los utiliza como vocabulario. El resultado permite encontrarse con un México que suena a varias épocas al mismo tiempo.
“Corrido de los Cantantes” lleva esa exploración hacia una austeridad que viene de otra década: guitarra y tres voces, con una sensibilidad que evoca al sierreño y corrido de las primeras décadas del siglo XX. Ahí ocurre además uno de los momentos más personales del álbum. Aguilar invitó a cantar a sus padres, convirtiendo la canción en una genealogía audible. La elección tiene un peso particular porque él mismo reconoce en ellos el origen de buena parte de su musicalidad.
La grabación sirve también para comprobar una de las máximas más difíciles de la composición: cuando una canción está realmente construida, el arreglo puede hacerse pequeño. La sencillez, en ese sentido, rara vez es sencilla. Requiere retirar todo aquello que intenta demostrar demasiado y confiar en melodía, palabra e interpretación. Hacer que una canción compleja parezca inevitable es uno de los oficios menos visibles de un cantautor, y El David pasa buena parte de Vigente trabajando ahí.
Luego el mapa vuelve a moverse. Algunas baladas poseen una escala emocional que podría pertenecer a otra era de la canción popular mexicana, cuando una melodía amplia aspiraba a llenar escenarios y festivales televisivos como el OTI. “Chicle” se desplaza por otra memoria: su cadencia remite al rock mexicano de los sesenta, cuando el género estaba aprendiendo a adaptar sus formas al español y a encontrar una personalidad propia dentro de canciones compactas y juguetonas.
“No Me Olviden” abre todavía otra puerta. Su humor, la manera de colocar las palabras y cierta picardía inevitablemente hacen pensar en figuras como Piporro o Tin Tan. Aguilar recoge ese ADN satírico y lo sitúa dentro de preocupaciones contemporáneas. El recurso funciona porque entiende que el humor popular mexicano también constituye una tradición musical y narrativa, una forma de mirar la realidad desde la exageración, el doble sentido y la inteligencia callejera.
Por eso llamar Vigente al álbum resulta especialmente preciso. La portada coloca esa palabra junto a un televisor vintage y resume, casi accidentalmente, el mecanismo del disco entero. “Actual”, “contemporáneo” o incluso “trendy” podrían provocar un efecto similar: términos ligados al presente puestos en diálogo con objetos, estructuras y sonidos capaces de pertenecer a otras épocas, el oxímoron visual auditivo.
La vigencia que interesa a El David Aguilar parece tener poco que ver con perseguir el sonido del momento. Surge de comprobar cuánto movimiento conserva una forma musical después de décadas de uso. Un corrido, una balada, una canción de rock o una melodía de autor todavía pueden decir algo nuevo si quien las utiliza comprende su estructura y tiene algo propio que colocar dentro, como es el caso de este disco.
El concepto de anti-álbum termina adquiriendo entonces una lógica casi paradójica. La decisión de no imponer reglas se convierte en la regla más consistente de Vigente. La libertad temporal, lírica y estilística termina funcionando como hilo conductor. Después de varias canciones, uno deja de preguntarse cuál será el género siguiente y empieza a escuchar de qué manera abrirá el cuento hecho canción que continúa en esta antología.
“Lo Que Por Ti Yo Siento”, junto a Julieta Venegas, permite ver esa destreza desde otro ángulo. La canción combina balada norteña a la que se suman beats y rompe lo esperado y parece, una vez escuchadas ambas voces, escrita específicamente para ese encuentro. No fue así.
Durante la charla con Equal Media, El David Aguilar contó la historia emocional que había quedado asociada con la canción. Tras el fallecimiento del hermano de Adán Jodorowsky, El David estaba cerca de él en un momento particularmente vulnerable. Adán le pidió que cantara. Con el paso del tiempo, David ha pensado que “Lo Que Por Ti Yo Siento” es la canción que habría querido interpretar entonces.
La entrada de Julieta Venegas resulta tan natural porque ambos comparten una cualidad poco convencional y muy difícil de fabricar: pueden hacer que una melodía sofisticada parezca conversacional. Ninguno necesita empujar la emoción para demostrar que está ahí. Las voces se encuentran dentro de la canción y la dejan avanzar.

La libertad creativa suele describirse como la ausencia de límites. En este disco se siente más parecida al conocimiento de muchas posibilidades. El David Aguilar puede desplazarse porque conoce los caminos; puede jugar con una tradición porque ha pasado tiempo escuchándola. La diversidad de Vigente tiene memoria.
La música mexicana que viaja globalmente suele quedar condensada bajo unas cuantas etiquetas reconocibles por plataformas, industria y mercado. Un álbum como Vigente ensancha esa fotografía y recuerda que la identidad sonora de México incluye numerosas genealogías que han convivido, chocado y transformado unas a otras durante décadas.
La primera gira estadounidense de El David Aguilar asociada con esta etapa coloca ese repertorio frente a comunidades donde la relación con México puede estar mediada por distancia, familia y memoria. En ese contexto, escuchar distintas épocas de la canción mexicana dentro de un solo concierto tiene también algo de reconocimiento: las raíces nunca llegan en una sola frecuencia.

Quince canciones podrían haber producido un álbum abrumador. Aquí funcionan como relatos breves. Algunos dejan una imagen durante mucho tiempo; otros parecen diseñados para disfrutar el cambio de tono antes de entrar al siguiente capítulo. Esa irregularidad de intensidades forma parte de la experiencia de leer una colección de cuentos. No todas las páginas necesitan buscar el mismo impacto.
Vigente termina siendo coherente por una razón bastante elemental: El David Aguilar suena cómodo siendo El David Aguilar incluso cuando cambia por completo aquello que lo rodea. Puede acercarse a una canción de otra década, utilizar una estructura reconocible o reducir el arreglo a una guitarra y tres voces. Su identidad no depende del género.
La portada ya había dejado la pista. Un televisor de otro tiempo lleva escrita una palabra que reclama presente. Dentro suenan músicas que podrían pertenecer a los años treinta, sesenta o a una tradición de grandes baladas que atravesó buena parte del siglo XX. Todas llegan hasta aquí sin necesidad de disfrazarse de actualidad.
Eso es Vigente: una antología atemporal de música mexicana escrita por un compositor que encontró en el “anti-álbum” una manera de ejercer su libertad. Cada canción cierra su cuento. Pasas la página. México vuelve a sonar distinto.


