¿Por qué Brasil está apareciendo en todas partes?

Funk, cine, diseño, moda y turismo están encontrando audiencias internacionales al mismo tiempo. Los datos permiten probar una hipótesis: que la actual fascinación por Brasil podría estar convirtiéndose en una forma más amplia de poder cultural.

¿Por qué Brasil está apareciendo en todas partes?

Una cultura puede volverse visible sin adquirir poder. Un baile viral puede durar tres semanas. Una tendencia puede llenar feeds sin modificar la manera en que un país es percibido. El concepto de soft power, desarrollado originalmente por Joseph Nye, va más lejos: describe la capacidad de producir atracción suficiente para influir sobre preferencias y relaciones. Un estudio académico publicado en 2026 añade una pieza especialmente útil para observar el momento actual: esa atracción necesita canales por donde circular —personas, plataformas, comercio, información e infraestructura— antes de poder transformarse en influencia.

Ahí es donde Brasil se vuelve interesante.

Porque la señal más visible puede llamarse Brazilcore, pero debajo están ocurriendo otras cosas.

Brasil cerró 2025 como el octavo mercado de música grabada más grande del mundo, después de aumentar sus ingresos 14.1% en un año. No es un dato sobre popularidad en redes: mide una industria que ya forma parte del top global.

Fuera del país ocurre otro movimiento.

Spotify analizó sus regalías globales de 2025 y encontró que, entre los géneros que generaron más de US$50 millones en la plataforma, ninguno creció más rápido que el funk brasileño: más de 36%. El K-pop avanzó más de 31%; el trap latino, más de 29%; el urbano latino, más de 27%; el reguetón, más de 24%.

La comparación coloca al funk dentro de una conversación que ya no lo describe como curiosidad local.

Durante décadas, las músicas brasileñas que alcanzaban audiencias internacionales pasaban con frecuencia por filtros externos: jazz, world music, sellos extranjeros, traducciones del repertorio o figuras específicas capaces de cruzar mercados. La distribución digital no elimina intermediarios, pero altera esa ruta. Un sonido producido en Belo Horizonte, São Paulo o Rio puede llegar a otro país sin esperar primero una adaptación cultural destinada a hacerlo comprensible.

Spotify señala un cambio global relacionado: sólo dos años después de debutar, los artistas reciben en promedio más de la mitad de sus regalías desde fuera de sus mercados de origen. En 2025, canciones en 16 idiomas llegaron al Top 50 global de la plataforma, más del doble que en 2020.

Brasil está aprovechando esa apertura con una ventaja difícil de fabricar: posee escenas musicales suficientemente grandes para producir códigos propios antes de buscar una audiencia extranjera.

El funk brasileño es quizá el caso más evidente. No nació como producto de exportación ni como estrategia gubernamental de imagen. Surgió y evolucionó dentro de periferias brasileñas, cargó durante años con criminalización y estigma y desarrolló múltiples variantes locales. Su actual circulación internacional ocurre después de esa historia, no antes.

Ahí aparece una diferencia importante respecto de modelos como el surcoreano.

El auge internacional del K-pop suele estudiarse junto a una política deliberada de industrias culturales, inversión y exportación. El momento brasileño es mucho menos centralizado. El funk, el cine de Pernambuco, una marca carioca, una cooperativa artesanal o una campaña turística pueden estar viajando simultáneamente sin responder al mismo centro de decisión.

La fuerza podría estar precisamente en esa dispersión.

El cine aporta otra pista.

En marzo de 2025, Ainda Estou Aqui / I’m Still Here, de Walter Salles, consiguió el primer Oscar de Brasil como Mejor Película Internacional. Un año después, era posible comprobar si aquello había sido una excepción.

No lo fue.

O Agente Secreto / The Secret Agent, de Kleber Mendonça Filho, ganó en Cannes los premios de dirección y actuación para Wagner Moura y llegó a los Oscar 2026 con cuatro nominaciones, incluidas Mejor Película, Película Internacional y Actor.

Dos películas no forman por sí mismas una industria internacional. Lo revelador aparece detrás de ellas.

En Cannes 2026, Brasil llevó más de 200 profesionales y más de 130 empresas acreditadas al Marché du Film mientras presentaba una estrategia audiovisual para 2026-2035 destinada, entre otras cosas, a fortalecer producción, distribución, exhibición y coproducciones internacionales. Participaron instituciones públicas, agencias de promoción, productoras, distribuidoras y plataformas de diferentes partes del ecosistema.

El premio genera el titular.

La capacidad para llevar el siguiente proyecto al mercado es lo que puede convertir ese titular en continuidad.

Esta semana, mientras internet continúa utilizando Brazilcore como una etiqueta estética, una delegación brasileña trabaja en París alrededor de artesanía y diseño.

La Jornada Exportadora Artesanato 2026 reunió participantes de 14 estados brasileños, seleccionados entre 267 inscripciones, con preparación sobre precios, posicionamiento, comercialización y exportación. En Francia tuvieron reuniones con compradores procedentes de Alemania, Irlanda, Reino Unido, Grecia, Portugal, Países Bajos, Bélgica y Francia, además de presencia en Maison&Objet.

Puede parecer un detalle pequeño frente a un Oscar o cientos de millones de streams.

Es exactamente el tipo de detalle que lo vuelve más llamativo.

El soft power cultural no se sostiene únicamente sobre grandes celebridades. También necesita objetos, empresas, profesionales y circuitos capaces de transportar una identidad hacia otros mercados sin desprenderla por completo de su origen.

Brasil posee además un lenguaje visual extraordinariamente reconocible.

Fútbol, arquitectura moderna, naturaleza tropical, modernismo, carnaval, playa, samba, tipografías populares, artesanía, colores nacionales y formas regionales de vestir han ofrecido durante décadas material que puede reconocerse como brasileño antes de leer una etiqueta.

El Brazilcore toma una fracción de ese archivo —principalmente verde, amarillo, fútbol, Havaianas y nostalgia de principios de siglo— y lo vuelve fácilmente consumible.

El riesgo está en confundir esa reducción con Brasil.

Una de las pruebas para este nuevo ciclo será comprobar si la demanda internacional abre espacio para una cultura más compleja o simplemente fabrica otra versión exportable de playa, sensualidad, fútbol y Rio de Janeiro.

El propio cine reciente ofrece una respuesta interesante. I’m Still Here mira la dictadura desde Rio; The Secret Agent se desplaza hacia Recife y otra memoria política. El funk no tiene un único centro ni un único sonido. La misión de artesanía que acaba de viajar a París incluye proyectos de 14 estados.

Lo que circula podría empezar a ser más plural que la vieja postal.

El turismo muestra otra posible conversión entre imagen y comportamiento.

Brasil recibió 9.287 millones de visitantes internacionales en 2025, 37.1% más que en 2024 y el mayor registro de su historia. Durante el primer trimestre de 2026 llegaron otros 3.74 millones, también récord para ese periodo.

No sería serio atribuir esos números al funk, al cine o a una tendencia de moda. Influyen conectividad aérea, países fronterizos, tipo de cambio, promoción, grandes eventos y múltiples variables económicas.

Lo significativo es que el país ya está intentando unir deliberadamente algunas de esas piezas.

En 2025, Netflix y Embratur firmaron un acuerdo para impulsar turismo audiovisual: usar historias, producciones y locaciones como parte de la manera en que potenciales visitantes conocen Brasil.

En los años sesenta, la bossa nova produjo una de las penetraciones culturales más extraordinarias que América Latina haya tenido dentro del mercado estadounidense. Getz/Gilberto, con João Gilberto y Antônio Carlos Jobim, ganó el Grammy a Álbum del Año; “The Girl From Ipanema”, interpretada por Astrud Gilberto y Stan Getz, obtuvo Grabación del Año.

Alrededor del mismo periodo, Cinema Novo llevaba otro Brasil a los grandes festivales: menos postal, más conflicto social, sertão, hambre, desigualdad y política.

Después vendrían Tropicália, MPB, samba, fútbol, arquitectura, telenovelas, Cidade de Deus, supermodelos, Havaianas, y distintas oleadas capaces de renovar periódicamente la imaginación internacional sobre el país.

La pregunta en 2026 es distinta.

Las expansiones anteriores podían ser enormes, pero solían identificarse con una disciplina, una generación o un símbolo especialmente dominante. El momento actual aparece simultáneamente en demasiados lugares para explicarlo de esa forma.

Una canción puede viajar mediante un algoritmo. Una película entra a Cannes mientras su productora negocia en el mercado que ocurre a pocos metros. Un objeto artesanal llega a París acompañado por una estrategia de exportación. Una serie puede transformarse deliberadamente en promoción turística. Y un usuario que jamás ha visitado Brasil puede reconocer una camiseta, escuchar portugués, seguir a un creador brasileño y terminar buscando un vuelo sin que esas acciones formen parte de una única campaña.

Eso se parece a una red de atracción cultural.

No necesariamente a una estrategia nacional perfectamente coordinada.

La hipótesis inicial era que distintas industrias brasileñas podían estar construyendo juntas una nueva etapa. Los datos permiten sostener una versión más precisa: Brasil ya posee una expansión cultural internacional simultánea y canales cada vez más capaces de convertir esa atención en escucha, comercio, coproducción y turismo.

Todavía falta demostrar que esa atracción puede transformarse en influencia duradera.

El soft power no se mide por cuántas personas usan una camiseta amarilla durante un verano. Tampoco por un Oscar, un récord turístico o un género musical de manera aislada.

Su prueba llega después: cuando el interés sobrevive a la tendencia, crea relaciones económicas y culturales estables y permite al propio país participar en la manera en que es representado.

Una estética puede apropiarse rápidamente. Un sonido puede circular sin que el mayor valor económico regrese a la comunidad que lo creó. Una imagen del país puede hacerse mundial mientras reduce su enorme diversidad a unos cuantos símbolos exportables.

Brasil ha vivido antes la experiencia de ser admirado desde afuera mediante versiones muy parciales de sí mismo.

Si continúan creciendo las rutas para que música, películas, diseño, empresas, creadores y lugares brasileños lleguen al exterior en sus propios términos, entonces 2026 no habrá sido simplemente otro momento en que el mundo miró hacia Brasil.

Habrá sido uno de los momentos en que esa mirada empezó a convertirse en estructura.

FAQ

¿Brasil está viviendo una nueva etapa de soft power?

Hay señales suficientes para plantear esa hipótesis: crecimiento internacional simultáneo en música, audiovisual, turismo y otras industrias creativas, acompañado por mecanismos de exportación y promoción. Sin embargo, visibilidad no equivale automáticamente a soft power. La prueba será su continuidad y capacidad de influir más allá de una tendencia.

¿Qué tiene que ver Brazilcore con este fenómeno?

Brazilcore ayuda a medir la visibilidad estética de Brasil, pero explica sólo una parte. La circulación internacional del funk, el cine, el diseño y el turismo responde a ecosistemas diferentes y en algunos casos cuenta con infraestructura comercial e institucional propia.

¿Qué está ocurriendo con la música brasileña?

Brasil se convirtió en 2025 en el octavo mercado mundial de música grabada. Spotify reportó además que el funk brasileño fue el género de mayor crecimiento entre aquellos que superaron US$50 millones en regalías en la plataforma.

¿Es la primera gran ola internacional de cultura brasileña?

No. La bossa nova, Cinema Novo, Tropicália, MPB, el samba y otras expresiones brasileñas han tenido periodos importantes de circulación mundial. Una diferencia del ciclo actual es la coincidencia de múltiples sectores y el papel de plataformas digitales que permiten llegar directamente a públicos internacionales.

¿Qué tendría que ocurrir para hablar de soft power consolidado?

Que la atención internacional sea sostenida, amplíe la percepción del país, genere relaciones y mercados duraderos y permita que creadores e industrias brasileñas capturen una parte relevante del valor económico y simbólico producido por esa demanda.

Más investigaciones sobre las fuerzas culturales que están cambiando la conversación internacional en Equal Media.

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