Dylan Southern y Will Lovelace siguen el regreso de Oasis desde los ensayos hasta una gira mundial. La película encuentra su voz cuando cede espacio a los fans y deja que las canciones hablen sobre memoria, reconciliación y todo lo que puede ocurrir alrededor de una banda después de años sin compartir escenario.
Oasis tiene una ruptura lo suficientemente célebre como para sostener por sí sola un documental entero. París, 2009: otra pelea entre Liam y Noel Gallagher, una guitarra rota, un concierto cancelado y la banda terminada pocas horas después. Durante los siguientes 15 años, ambos hermanos convirtieron las entrevistas, redes sociales y carreras solistas en extensiones ocasionales de aquel pleito.
Don’t Look Back in Anger resume todo eso con una rapidez que inicialmente parece extraña. El conflicto aparece, establece el punto de partida y pierde protagonismo. La película de Dylan Southern y Will Lovelace está mucho más interesada en mirar qué encontró Oasis cuando decidió volver.
Durante la ausencia de la banda, sus canciones no permanecieron congeladas en 2009.
Cambiaron de manos.
Llegaron a personas que nunca vieron a Oasis en su primera etapa, acompañaron depresiones, funerales, relaciones, ciudades y nuevas generaciones. Algunas dejaron incluso de pertenecer exclusivamente a la historia del grupo. “Don’t Look Back in Anger” adquirió en Manchester una dimensión propia después del atentado de 2017. “Live Forever” terminó cargando recuerdos que Noel Gallagher nunca pudo haber previsto cuando la escribió.
Southern y Lovelace entienden pronto que ahí existe una película más interesante que una cronología de agravios.
El recurso es abiertamente sentimental. Fans de diferentes países aparecen explicando viajes, pérdidas, relaciones o momentos de vida asociados a Oasis. En su forma recuerda a ciertos documentales de festivales que siguen asistentes alrededor del mundo antes de reunirlos frente a un mismo escenario. El procedimiento puede rozar el fan service y la película rara vez se resiste a una emoción disponible.
También es coherente con el fenómeno que intenta registrar.
Un regreso de Oasis después de década y media no podía explicarse únicamente desde lo que ocurría entre dos hermanos. La gira reunió a personas que habían envejecido con esas canciones y a otras que descubrieron la banda durante su inexistencia. El público se convierte entonces en archivo: cada testimonio añade años que la propia agrupación no vivió junta.
Una mujer surcoreana dedicada al buceo tradicional recuerda cómo la música la acompañó durante una depresión. En Manchester aparece el recuerdo del atentado de 2017 y del lugar que “Don’t Look Back in Anger” adquirió posteriormente en la ciudad. Otros testimonios tienen menos peso dramático y funcionan precisamente por eso: una mascota llamada Bonehead, un viaje organizado alrededor de un concierto, la primera vez que una canción pasó de padres a hijos.
La película insiste en mirar rostros cuando las canciones empiezan.
Esa elección resulta más significativa que muchas de las declaraciones.
Oasis construyó buena parte de su poder alrededor de canciones capaces de admitir significados ajenos. Noel rara vez necesitó escribir narrativas demasiado cerradas. “Live Forever”, “Slide Away”, “Champagne Supernova” o “Don’t Look Back in Anger” ofrecen imágenes, deseos y grandes movimientos melódicos antes que historias imposibles de separar de quien las escribió. El público tuvo siempre espacio para terminar el trabajo.
Tres décadas después, ese espacio está abarrotado de experiencias.
El propio Noel parece sorprendido cuando empieza a dimensionarlo. La gira le devuelve sus canciones acompañadas por todo lo que ocurrió mientras él seguía tocándolas por su cuenta y Oasis pertenecía al pasado. Esa reacción aporta una de las observaciones más interesantes del documental: incluso quien escribe una canción pierde control sobre lo que termina significando.
La escala de los conciertos refuerza esa sensación. Decenas de miles de personas cantando la misma frase producen un tipo de emoción que Southern y Lovelace filman de manera bastante directa. No existe aquí una búsqueda visual especialmente radical. Hay buenos planos de estadio, archivo, camerinos, ensayos, multitudes y primeros planos de Liam haciendo aquello que lleva treinta años haciendo: permanecer casi inmóvil frente a un micrófono y conseguir que esa inmovilidad parezca una postura de combate.
La moderación visual le favorece a la película.
Southern y Lovelace ya habían trabajado la relación entre música, escena y audiencia en Shut Up and Play the Hits y Meet Me in the Bathroom. Aquí saben que agregar demasiadas capas formales a Oasis resultaría redundante. El espectáculo ya contiene pantallas, luces, estadios llenos y una iconografía inmediatamente reconocible. La cámara necesita sobre todo estar en el lugar correcto.
La música conserva así suficiente espacio para imponerse.
El sonido de las guitarras en “Some Might Say” o “Cigarettes & Alcohol”, la dimensión coral de “Wonderwall” y la respuesta de un estadio durante “Live Forever” hacen más por explicar el regreso que buena parte de las entrevistas. Screen Daily señaló precisamente esa fortaleza: los conciertos articulan con mayor claridad las ideas que la película intenta desarrollar sobre reconciliación y comunidad.
Y entonces están Liam y Noel.
El tiempo se ve sobre ellos antes de que ninguno tenga que hablar de madurez.

Liam conserva su capacidad para entrar en una habitación e irritarse inmediatamente por algo tan específico como los paneles instalados frente a la batería. Sigue siendo gracioso, hosco y difícil de separar del personaje público que lleva décadas perfeccionando. El cambio aparece en otro lugar: se toma el regreso con una seriedad que habría sido menos predecible en otras etapas de su vida. Habla de cuidar las canciones, disciplina la voz y llega a la gira con una relación distinta frente a los excesos que alguna vez parecieron inseparables de Oasis.
Noel transmite otra transformación. Sigue siendo seco, rápido y perfectamente capaz de despachar una pregunta con una frase cortante, pero la vieja necesidad de convertir cada referencia a su hermano en una batalla parece haber perdido fuerza.
El documental nunca ofrece una gran escena de reconciliación.
No la necesita.
Dos hombres ensayan, comparten camerino, intercambian bromas, salen al escenario y, al terminar, siguen ahí. Después de años de declaraciones hostiles, esa cotidianeidad contiene más información que una conversación diseñada para explicar el perdón.
La edad parece haber hecho algo bastante menos cinematográfico y probablemente más real: reducir el tamaño de ciertos agravios.
Noel lo dice cerca del final cuando reconoce que pequeñas cosas que antes los irritaban dejaron de hacerlo. El poder dentro de la relación también parece haberse acomodado de otra manera. La película no indaga demasiado en cómo ocurrió esa transición. Tampoco pregunta quién hizo la primera llamada, qué negociaciones fueron necesarias o cuánto de la nueva convivencia pertenece a acuerdos privados.
La película encuentra incluso humor en la distancia entre la mitología del grupo y la realidad actual. Antes de subir al escenario, aquellos símbolos de exceso noventero hacen ejercicios y se preparan como hombres de mediana edad conscientes de que un estadio exige algo del cuerpo. Liam bromea con Mick Jagger y con cuánto movimiento es realmente necesario para sostener una carrera larga. Oasis siempre convirtió cierta inmovilidad en actitud; ahora también puede convertirse en estrategia de conservación.
Nada de eso reduce la energía de los conciertos.
Cuando los hermanos salen juntos en Cardiff y Liam levanta la mano de Noel, la reacción del público entrega la imagen que cualquier documental promocional habría perseguido. Southern y Lovelace la tienen y, afortunadamente, no terminan ahí.
La gira continúa.
Dublín, Manchester, Londres, Estados Unidos, Tokio, São Paulo. La estructura empieza a repetirse porque el fenómeno se repetía: otra ciudad, otra multitud, otra persona explicando qué significa Oasis. Algunas críticas han señalado que el documental pierde tensión después del primer concierto porque su gran resolución narrativa llega demasiado pronto. Es una observación justa.
Pero esa repetición termina produciendo también otra lectura.
El regreso deja de ser el acontecimiento de una noche y empieza a parecer un ritual trasladado de ciudad en ciudad.
Ahí entra la dimensión colectiva que la película busca en su tramo final. Un sacerdote habla de perdón. Las imágenes de multitudes se cruzan con un mundo político y social mucho más fracturado que el de los años noventa. Steven Knight lleva esa idea hacia un territorio deliberadamente amplio: personas capaces de reunirse alrededor de algo compartido en una época especialmente acostumbrada a dividirlas.
El mensaje podría volverse solemne con facilidad.
La música lo aterriza.
Un estadio cantando junto no arregla la política, las guerras ni la violencia. Durante unas horas, sin embargo, produce una experiencia colectiva real. El documental conoce el valor de ese intervalo y evita convertirlo en una solución.
El homenaje a Gary “Mani” Mounfield lleva esa idea a su punto más preciso. El bajista de The Stone Roses, amigo de la banda, murió en noviembre de 2025. En el documental, “Live Forever” queda ligada a su memoria.
No hace falta modificar la canción.
Todo lo que cambió ocurrió alrededor.
Una pieza escrita décadas atrás para hablar de otra cosa puede terminar conteniendo a una persona que ya no está. Ese mecanismo atraviesa las historias de fans, el regreso de los Gallagher y la propia experiencia de ver la película rodeado de desconocidos que reconocen los mismos acordes.
Don’t Look Back in Anger tiene zonas blandas. La cercanía con la banda limita cuánto está dispuesta a incomodarla; algunos testimonios empujan demasiado la emoción y la gira mundial obliga a repetir una estructura que ya había quedado clara durante la primera parte.
Su mejor material supera esas limitaciones.
La película registra a dos hermanos que aprendieron a convivir de otra manera y a una audiencia que pasó 16 años haciendo algo parecido con las canciones que dejaron atrás.
Oasis regresó en 2025.
La parte inesperada fue descubrir que su música nunca tuvo separación.


