Radar Equal: Leo Rizzi, Gustavo Santaolalla, The Last Dinner Party, Silvana Estrada y más lanzamientos para escuchar ahora

Radar Equal: Leo Rizzi, Gustavo Santaolalla, The Last Dinner Party, Silvana Estrada y más lanzamientos para escuchar ahora

Esta semana, el Radar Equal se mueve entre artistas que entienden la música como un espacio para detener el tiempo, deformarlo o mirarlo con más atención. Leo Rizzi convierte la contemplación en manifiesto con La Belleza de las Flores; Gustavo Santaolalla expande el universo de Ronroco hacia una pieza instrumental donde instinto, naturaleza y memoria vuelven a encontrarse; The Last Dinner Party entrega una favorita de sus shows convertida en un single oscuro y filoso; Jonathan Bree abre la puerta a un disco doble que mira la sexualidad desde el art pop más inquietante; Dylan Thomas. abraza lo efímero sin buscar consuelo fácil; Emilia Borlone y Madame Récamier vuelven la bachata una celebración luminosa del amor; Silvana Estrada y pablopablo entregan un bolero mínimo y devastador; Samuraï profundiza en la culpa y la autodefensa emocional; ORTIGA y Parquesvr convierten la traición en cumbia villera; y Selines abre un diario de folk íntimo y desarmado. No hay una sola temperatura en este Radar. Hay varias formas de hacer que una canción respire más hondo.

Leo Rizzi — La Belleza de las Flores

Con La Belleza de las Flores, Leo Rizzi entrega algo más ambicioso que un segundo álbum: entrega una postura. El disco no solo organiza un universo sonoro de soft pop-rock nostálgico y elegante; también articula una respuesta frente al ruido contemporáneo, a esa velocidad que convierte todo en contenido antes de dejarlo ser experiencia. Inspirado por los pensamientos de Byung-Chul Han, el álbum se planta del lado de la contemplación, de la belleza como valor en sí misma, de lo invisible que no debería cuantificarse.

Eso podría sonar excesivamente programático en manos menos sensibles. Aquí no. Rizzi sostiene el concepto desde canciones que hablan de amor, duelo, deseo, fe, redención y presente con una mezcla cada vez más pulida de fragilidad y forma. Las colaboraciones con Santi Balmes, VIOLETA y Manu Om expanden el mapa sin romper la cohesión. Lo mejor del disco está en que no predica la quietud: la encarna. Y en un momento donde tanta música quiere ser inmediata, ese gesto pesa más.

Gustavo Santaolalla — “SICALIS”

Hay piezas instrumentales que funcionan como transición. “SICALIS”, de Gustavo Santaolalla, se siente más bien como una condensación. La melodía, guiada por el ronroco, parece salir de una zona muy reconocible de su universo: esa donde naturaleza, memoria y emoción conviven sin jerarquías. El título remite al nombre científico del jilguero, y la pieza deja que esa imagen ordene su respiración: no desde la ilustración literal del pájaro, sino desde una intuición melódica que se mueve con ligereza y recogimiento.

El contexto también importa. “SICALIS” acompaña la expansión del proyecto RONROCO hacia el terreno de la fragancia, y eso vuelve más interesante su aparición: Santaolalla está pensando sonido y aroma como lenguajes complementarios, ambos capaces de provocar introspección. En ese cruce, la pieza funciona como recordatorio de algo que su obra ha sabido sostener por décadas: la emoción no siempre necesita una gran declaración; a veces basta una cuerda tocada en el punto exacto.

The Last Dinner Party — “Big Dog”

Hay canciones que pasan tanto tiempo creciendo en vivo que, cuando por fin llegan en estudio, ya cargan una pequeña mitología propia. “Big Dog”, de The Last Dinner Party, entra justo en esa categoría. La banda británica llevaba tiempo tocándola en directo, mucho antes de su publicación formal, y esa historia previa se nota: no suena a estreno improvisado, sino a pieza que ya encontró su cuerpo frente al público. En estudio, el tema conserva esa tensión teatral que ha definido buena parte de su propuesta, pero la afila hacia un lugar más oscuro, más contundente y con una aspereza que por momentos roza el art-pop más feroz.

Coproducida por la propia banda junto a Animesh Raval, “Big Dog” llega además acompañada por “Come All You Beasts”, una pieza de spoken word que amplía el imaginario narrativo y folclórico de esta etapa. Ahí aparece otra de las virtudes de The Last Dinner Party: no entienden la canción como unidad cerrada, sino como parte de una puesta más grande donde poesía, performance y música se contaminan entre sí. “Big Dog” funciona entonces no solo como single, sino como una afirmación de carácter: una banda que sigue creciendo sin perder teatralidad, filo ni apetito por lo incómodo.

Jonathan Bree — “Savour My Love”

El regreso de Jonathan Bree con “Savour My Love” abre un capítulo donde el misterio no está decorando la canción, sino estructurándola. La pieza avanza con una elegancia oscura, entre percusiones mínimas, pulso ralentizado y una teatralidad medida que hace pensar tanto en el noir como en cierta sensualidad de cabaret. La voz de Rachel Clarke es clave en esa tensión: empieza cerca, casi en secreto, y poco a poco va dejando salir una intensidad más extraña y desbordada.

Como primer vistazo de Don’t Call It Love, el tema ya deja ver que Bree no quiere suavizar nada. El proyecto se anuncia como un álbum doble que explorará la sexualidad desde múltiples colaboraciones femeninas y desde una imaginería menos complaciente que provocadora. “Savour My Love” no intenta caer bien. Quiere seducir, incomodar y sostener ambas cosas a la vez. Y ahí encuentra su mayor atractivo.

Dylan Thomas. — “Desapariciones”

En “Desapariciones”, la banda costarricense Dylan Thomas. encuentra una manera muy precisa de habitar la incomodidad. El tema no busca resolver su propia tensión ni transformarla en una épica de redención. Prefiere quedarse en el lugar donde las cosas se erosionan: los vínculos, los espacios, la obra, incluso la idea de permanencia. Esa decisión le da a la canción una gravedad particular. No porque suene solemne, sino porque suena menos interesada en agradar que en decir verdad.

También hay un cambio de cuerpo. La banda se acerca más a la energía del vivo, sin traducirla de forma literal, y ese desplazamiento se nota en la densidad del track, en sus capas, en su sensación de arrastre. Como primer rastro de Este lugar no es aquí, “Desapariciones” deja ver un grupo que sigue empujando su sonido hacia zonas menos previsibles. No ofrece consuelo fácil. Apenas una certeza incómoda: todo termina desapareciendo. Y aun así, seguimos haciendo canciones.

Emilia Borlone & Madame Récamier — “Ola de Amor”

Hay canciones que celebran el amor desde el exceso. “Ola de Amor” lo hace desde otro lugar: desde la conciencia de la pérdida. Esa es una de las razones por las que el sencillo de Emilia Borlone y Madame Récamier funciona tan bien. Su centro no está en una ingenuidad romántica, sino en una comprensión más amplia del amor como fuerza de sostén: el amor a quienes se van, a quienes quedan, a la amistad, a la naturaleza, a la vida misma.

La elección de la bachata como pulso es inteligente porque aporta ligereza sin vaciar de sentido la canción. Lo que ambas construyen es una pieza luminosa, sí, pero atravesada por una experiencia real del dolor. Esa mezcla entre gozo y herida le da espesor. “Ola de Amor” no solo amplía el universo del debut de Emilia; también confirma que la dulzura puede ser una forma seria de resistencia.

Silvana Estrada & pablopablo — “antes de ti”

Pocas cosas necesitan Silvana Estrada y pablopablo para volver una canción emocionalmente devastadora. En “antes de ti” les basta una guitarra, dos voces y una frase que ordena todo: “vale madres la vida antes de ti”. El bolero que construyen es mínimo en recursos, pero inmenso en implicación afectiva. No hay exceso de producción ni gesto grandilocuente; hay precisión. La suficiente para que la metáfora y el recuerdo hagan el resto.

Lo notable del sencillo es cómo convierte lo cotidiano roto —un pocillo, un cajón, un aplauso mal dado— en una forma de explicar la vida antes del amor. Ahí la canción encuentra su verdadero centro: en la capacidad de hablar del desorden vital con una imagen pequeña, doméstica, casi ridícula, pero profundamente exacta. “antes de ti” no entra con estruendo; entra como esas canciones que parecen hechas para acompañar una confesión que llevaba demasiado tiempo guardada.

Samuraï — “Baldosas Amarillas”

En “Baldosas Amarillas”, Samuraï sigue afinando una zona donde el pop, la herida y la imaginería cinematográfica se necesitan mutuamente. La canción trabaja la culpa después del abandono y la necesidad de encontrar un lugar propio sin pedir absolución inmediata. Ahí está una de sus mejores decisiones: no romantiza la fragilidad, pero tampoco la convierte en castigo. La deja estar como lo que es, una consecuencia emocional compleja.

La producción acompaña bien ese conflicto. Hay cuerdas, elementos electrónicos y una atmósfera que sostiene la tensión entre entrega y protección. El videoclip, con Samuraï atrapada dentro de una jaula antes de liberarse, no hace más que reforzar esa dualidad. “Baldosas Amarillas” confirma que su proyecto está entrando en una etapa más afilada, más visual y emocionalmente más madura.

ORTIGA y Parquesvr — “Tapuñalo”

La traición, el despecho y la venganza tienen larga historia en la música popular. “Tapuñalo” decide no llorarlos demasiado: decide bailarlos. El encuentro entre ORTIGA y Parquesvr convierte esa energía revanchista en una cumbia villera con acento gallego, humor negro y espíritu verbenero. Lo mejor del tema está en cómo logra sostener ironía y visceralidad al mismo tiempo, sin que una anule a la otra.

También funciona porque la colaboración se siente natural. Parquesvr ya había dejado ver una relación curiosa con ritmos latinos en canciones anteriores, y aquí esa afinidad encaja sin fricción dentro del imaginario explosivo de ORTIGA. “Tapuñalo” no pretende elevar el despecho a tragedia. Prefiere convertirlo en descarga colectiva. Y a veces eso basta para que una canción se vuelva necesaria.

Selines — (nostalgia)

A sus 21 años, Selines entrega con (nostalgia) un álbum que se siente como un cuaderno abierto. La artista mexicoamericana, criada en el Bronx y atravesada por la herencia de Puebla y Veracruz, construye un trabajo de ocho cortes donde el folk lo-fi y el antifolk expansivo sirven como contenedor para una escritura íntima, directa y sin demasiadas defensas. El disco no busca grandes giros ni producción aparatosa. Su fuerza está en la cercanía.

Lo más convincente de (nostalgia) es que su vulnerabilidad no se presenta como pose generacional, sino como necesidad real de decir. Las colaboraciones con ROSALES y Fabio Capri suman textura sin robar centro, y el tema homónimo termina de fijar el tono de un proyecto que entiende bien cómo volver universal algo profundamente personal. Selines no fuerza madurez: la deja aparecer en la forma en que recuerda.

Lo que esta semana deja claro es que la música sigue encontrando nuevas maneras de ralentizar el mundo o de romperlo mejor. Leo Rizzi convierte la contemplación en manifiesto; Santaolalla deja que una melodía respire como ave; The Last Dinner Party transforma una favorita del vivo en un gesto de ferocidad teatral; Jonathan Bree vuelve la oscuridad seductora; Dylan Thomas. se queda dentro de lo efímero; Emilia Borlone y Madame Récamier celebran el amor sin negarle profundidad; Silvana Estrada y pablopablo hacen del bolero una confesión mínima; Samuraï canta desde la herida; ORTIGA y Parquesvr bailan el ajuste de cuentas; Selines escribe desde la distancia. Ese es el hilo de este Radar Equal: canciones y discos que no solo quieren acompañar un momento, sino transformarlo un poco mientras suenan.

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